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Gregorio Cuartas

Alberto Donadio

29 de febrero de 2016 - 09:00 p. m.

La mejor inversión del momento la ofrece Davivienda.

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Por apenas $170.000 devaluados y desvalorizados se puede adquirir un patrimonio que vale centenares de millones. La parte ancha del embudo esta vez es para el cliente, no para la entidad financiera.

Quien quiera adquirir un solo cuadro del pintor Gregorio Cuartas tendría que vender el carro de la familia. Davivienda ha reunido decenas de sus obras en un estupendo volumen de gran formato, que se puede adquirir en librerías a un precio de tarifa súperpromo de Avianca. Primero hay que decir que Gregorio Cuartas no es muy conocido; eso va con el hombre (la explicación viene adelante). Como bien dice la solapa, Gregorio Cuartas es “uno de los secretos mejor guardados del arte colombiano contemporáneo”. O puesto de otra manera, él es el gran pintor que muy pocos conocen. Vive en Francia desde 1962, ha estado en París más tiempo que Luis Caballero, Darío Morales, Saturnino Ramírez o Fernando Botero. Solamente Emma Reyes permaneció más tiempo en Francia, 57 años contra 54 de Gregorio Cuartas.

Los primeros cinco años los pasó Gregorio en el monasterio benedictino de Santa María de la Pierre-qui-Vire, la piedra que gira. Después se instaló en París, donde vive con su esposa norteamericana de ascendencia japonesa, Diana Mae Kimoto, y pinta en su estudio de Montmartre. Tras tantos años Gregorio parece un parisino con sus anteojos redondos y su cuello de tortuga. Cuando los policías hacen redadas en el metro a la caza de extranjeros indocumentados nunca lo paran a él. Pero Gregorio sigue siendo el mismo antioqueño sencillo que nació hace 77 años en una hacienda panelera que su papá, Bernardo Cuartas, administraba en el municipio de San Roque. Sin ínfulas y sin aires, en París y en Medellín, Gregorio anda por el mundo con sus pantalones azules que manda a hacer con dril naval de Coltejer. Afirma que se fue de Colombia, cuando era presidente Alberto Lleras Camargo, porque se dio cuenta que la fiesta no era aquí. Como politólogo y vidente no lo supera nadie. Intuyó que Colombia, que salía de La Violencia, estaría secuestrada por la escoria de guerrillos, narcos, políticos y paracos que nos oprimen.

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Admiro a Gregorio no solamente por sus cuadros luminosos e iluminados, sino por una vida bien vivida. Desprendido de la fama, se dedicó a pintar y a contemplar los placeres estéticos de París. Es el gran millonario colombiano de París, no por la cuenta bancaria, pues vive con la austeridad del monje que pudo ser, sino porque invirtió su tiempo en el Louvre y en el arte. Hay magnates que visitan París, la disfrutan de prisa sin hablar francés, pero tienen que regresar a su país a comprar otra empresa, a cerrar otro negocio. El magnate Gregorio se adueñó, paso a paso, día a día, año por año, de las bellezas de París.

El libro de Davivienda lo dirigió Carolina Zuluaga Perna con textos de Santiago Londoño Vélez y fotografías de Carlos Tobón. Un trabajo espléndido, impecable, encomiable. El tomo que atesoro lleva esta dedicatoria que copio invocando el término antioqueño preciso para la ocasión (chicanear): “Querido Alberto, esto para decirle todo mi aprecio y admiración, y con todo mi afecto. Gregorio Cuartas Velásquez”.

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