En Vero Beach, Florida, falleció el 3 de abril Luis Fernando Echavarría, ministro de Hacienda en el gobierno de Misael Pastrana Borrero.
En su época no había escoltas, recordaba, sino un policía que se sentaba en la antesala del despacho del ministro. Otra Colombia. Hombre de exuberante y espontánea cordialidad, que la dispensaba sin apuros, fue subgerente de Cervunión y de Fabricato y gerente de Peldar, pero no llegó al ministerio como político ni como tecnócrata, sino como símbolo del empresariado antioqueño y como Echavarría, título de prestigio que en otras épocas era suficiente para ejercer cualquier cargo.
Antes de que Pablo Escobar, hijo del mayordomo de la finca de otro ministro de Hacienda antioqueño, Joaquín Vallejo Arbeláez, identificara con sus crímenes atroces a Antioquia en el mundo, los Echavarría fueron símbolo de la pujanza y del trabajo honrado. Por su presencia y su prestancia la gente en las fiestas en los clubes de Medellín a mediados del siglo XX clamaba: “Más trago y menos Echavarrías”. A finales de los años setenta Luis Fernando Echavarría se radicó en Fort Lauderdale con sus siete hijas, un único hijo varón y su esposa Stella Uribe Echavarría, hija de don Vicente Uribe Rendón, gerente por años de esa añeja institución que fue el Banco Comercial Antioqueño.
Diego Echavarría Misas, primo de su padre, había sido secuestrado y asesinado y cualquier Echavarría en Medellín corría peligro. Luis Fernando Echavarría se marchó antes de que se desatara la violencia de espanto del narcotráfico y el paramilitarismo. Pudo ponerse a salvo del secuestro y de las bombas. Pero hasta los Estados Unidos lo alcanzó la podredumbre de la mala fe que en Colombia contagió todas las esferas, desde la Presidencia de la República hasta la última Gata y la última Gette.
Veinticinco años después de ser ministro de Hacienda, el Ministerio de Hacienda acusó a su yerno, un banquero ecuatoriano, de cometer un fraude que nunca existió. Cuando tiempo después el propio gobierno afirmó que el dinero supuestamente faltante fue pagado totalmente al cabo de la liquidación del Banco Andino, Luis Fernando Echavarría consideró inexplicable que siguieran en pie las acusaciones penales. Llevaba mucho tiempo fuera de Colombia y ya no entendía cómo aquí nos hemos acostumbrado a la estirpe purulenta de nuestras instituciones. Su yerno y otras personas inocentes fueron condenados por la Corte Suprema de Justicia, en tanto que los autores del montaje, que debió hacerse para favorecer a alguien, siguen amparados por la impunidad.
Soportó en silencio el oprobio: ¡un miembro de la familia Echavarría acusado de defraudar el tesoro público! Lo insté a que se manifestara públicamente, apoyado en su buen nombre, pero no accedió. Confiaba en que la justicia enmendaría el yerro. El oprobio fue todavía más doloroso en cuanto Luis Fernando Echavarría fue toda la vida amigo personal de Misael Pastrana Borrero, que muchas veces lo visitó en su casa de Fort Lauderdale, y la acusación proterva se lanzó en el gobierno del hijo de Pastrana Borrero. Pero ese no fue el único eco de la descomposición sin límites que le llegó a Luis Fernando Echavarría en los Estados Unidos. La finca Las Tangas, en el departamento de Córdoba, que él vendió antes de marcharse de Colombia, y que había heredado de su padre Rudesindo Echavarría, que murió siendo gerente de Fabricato, se convirtió en cueva de paramilitares donde hoy abundan las fosas comunes en que están enterrados los campesinos masacrados.
Ya decía hace treinta años don Guillermo Cano, sin conocer todavía los estragos de los paramilitares, que los narcotraficantes han “ulcerado peligrosamente las entrañas de la sociedad colombiana”.