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El imborrable Quino,
El caricaturista,
Que aguzó mi mente
Con su trazo humanista.
Influido por algún pálpito premonitorio, había decidido dedicar esta columna al personaje Mafalda, dado que el 29 de septiembre se cumplían 56 años desde 1964, cuando se publicó por primera vez en el suplemento de humor Gregorio de la revista Leoplán. Está mañana, mientras ordenaba los datos para el texto conmemorativo, me entero por la radio que: “hoy 30 de septiembre, a los 88 años de edad, fallece el caricaturista argentino Joaquín Salvador Lavado Tejón, mejor conocido como Quino, creador de Mafalda, personaje de las tiras cómicas de fama mundial.”
Suponiendo algún aviso en la coincidencia, honraré al eminente dibujante reconociendo el significado de su obra y su influencia en la formación de mi espíritu artístico.
En 2014 la Feria Internacional del Libro de Bogotá conmemoró los 50 años de Mafalda dedicando un pabellón a las editoriales especializadas en publicar cómics, ilustraciones de opinión, caricaturas y literatura gráfica. Fue emocionante para mí ver allí las historietas y los tiras cómicas que marcaron mi infancia; porque cuando mis parientes advirtieron mi precoz talento para el dibujo, en mis cumpleaños y fechas especiales solían regalarme historietas de diversas calidades, desde las revistas baratas traducidas y editadas en México, a las que en el Caribe colombiano le llamamos “paquitos”: había de guerra “Trinchera”, de vaqueros “Far West” de terror “Doctor Mortis”, de héroes legendarios como Tarzán de los monos, y, por supuesto, las de súper héroes, Batman, Superman, Linterna verde, Flash Gordon y las de los personajes de Walt Disney: Pato Donald, Mike Mouse, Goofy. También tuve, y las volví a ver en la feria, revistas de pasta dura con las aventuras de Tintín, del francés Hergé, Asterix el galo de Goshin y Uderzo. Libros con versiones gráficas del descubrimiento de América, historias de la independencia americana y biografías de personajes ilustres. Llegué a tener más de trescientos títulos en una colección que ocupaba todo un anaquel de la biblioteca de mi casa. En ese pabellón de la feria compré una reedición del primer número de La pequeña Lulú publicada en 1935 por la norteamericana Marge, personaje, sin duda, antecesor de la argentina Mafalda, como también lo fue Charly Brown y su perro Snoopy de 1948. Compré también, en promoción, una colección de tres tomos titulada el humor de Quino, selección de sus mejores ilustraciones de diferentes épocas.
Ese año el país invitado fue Perú y el conferencista estrella el Nobel Mario Vargas Llosa. Por cierto sucedió un percance bochornoso cuando un asistente rompió en público un libro del Nobel peruano en desprecio por la simpatía que el autor demostró hacia el expresidente Uribe Veles, en ese momento furibundo opositor al proceso de paz que adelantaba el gobierno con las guerrillas de las FARC.
El Nobel conferencista saldó el percance con una frase lapidaría: “la irracionalidad empieza quemando libros y continúa asesinando a los autores”.
Su conferencia fue un elogio al libro y a la lectura y al inicio hizo una ufana aclaración, recalcó “que nunca le atrajeron las historietas, en las cuales las palabras atrapadas en viñetas no valían por si mismas sino que estaban al servicio del dibujo, no eran literatura…”.
Tal argumento llegó a ser común entre los intelectuales de su generación que observaron con estupor el auge y la prosperidad editorial de los lenguajes gráficos, en reacción algunos la consideraron como una subcultura, otros más prevenidos y tendenciosos denunciaron algunas publicaciones como instrumentos de penetración cultura por parte de los imperios. Recuerdo una especulación sociología titulada " Como leer al Pato Donald" en la que el autor desmenuzaba todos los mensajes ideológicos contenidos en las historietas de Disney.
Pero ni escritores ni ideólogos pudieron contra la popularidad que alcanzó el lenguaje gráfico, los más entusiastas lo consideraron, al lado del Cine, el octavo arte, trascendental representante de los movimientos Pop, y encumbrado en sus distintos géneros por la industria editorial.
Entre 1968 y 1973, o sea ente los 11 y quince años de edad, fui aficionado al lenguaje gráfico. Mi primo Pacho Martínez me regaló una selección de las tiras cómicas de Mafalda. En mi colección esa era la única revista en blanco y negro, pero la aprecié porque varias cosas del personaje me resultaron reveladoras: si bien con La pequeña Lulú aprendí a valorar la conciencia infantil, el hecho de que Mafalda, una niña lucida hija de una familia clase media latinoamericana, confrontará a los adultos con su ideas, me hacía valorar el pensamiento infantil, y a la vez me auto valoraba toda vez que me sentía capaz de imitar su osadía. También fue aleccionador el que fuera un personaje femenino, porque yo, como muchos, procedamos de la mentalidad patriarcal, nos portamos machistas por herencia, pero Mafalda era una heroína feminista, muchos, por ella, aprendimos a respetar los derechos femeninos y a valorar sus cualidades espirituales. Mafalda aguzó la conciencia crítica de, a lo menos, tres generaciones, porque su tierna rebeldía es tan verosímil que puede asumirse como una forma de lucha pacifista, aplicable en la vida real.
Cuando nos mudamos con mi familia, definitivamente para Bogotá, mi colección de cómics se quedó en Santa Marta, también mi apego a ellos y debo decir que en adelante asumí la lectura de obras literarias con una nueva percepción.
En 1980 el periodista y amigo Enrique Santos Molano fundó el periódico Tele Mundo, al cual me invitó como caricaturista e ilustrador, telonero del maestro Oramas que era el caricaturista estrella. Enrique advirtió que si bien yo era buen dibujante necesitaba bruñirme en el oficio, así que empezó por mostrarme las obras de caricaturista de fama mundial, publicadas en el Clarín de Francia, en el New York Time, en el Mundo, en Le Fígaro, también aprecié con juicio las caricaturas de opinión de los colombianos Fernando Franco creador del gamincito Coopetin, Osuna cuyas caricaturas son como editoriales irónicas sobre sucesos y personajes de la realidad nacional, Pepón caricaturizador de noticias. Fue así como llegué a conocer la obra de Quino.
Entre todos, admiré de la obra del argentino que su humor no era coyuntural, ni tampoco correspondían sus dibujos a alguna corriente de política partidista. Sus ilustraciones de opinión (con la sátira y el humor negro que, según decía, heredó de su ancestro andaluz.), eran consecuentes con su humanismo libertario. Vale decir, que su ilustraciones de opinión, por la universalidad de su crítica, por desprovistas de posturas ideológicas evidentes, fueron subestimada por los caricaturistas políticos, como humor gráfico esteticista y banal. En cambio yo de Quino aprendí que la sátira metafórica resulta más contundente que la denuncia explícita. Él no necesitó dibujar al dictador Videla, ni a Franco para expresarse en contra de las tiranías y las injusticias. Quino dibujó el despotismo en el gesto de un tendero, una acción del ventajoso Manolito, amigo de Mafalda, revela la perversidad de la codicia mejor que caricaturizando el acto usurero de un banquero de la vida real.
Quino, como dibujante fue un poeta y un humanista, como comunicador se opuso y enfrentó la censura tanto de la sociedad mojigata y moralista como la de los gobiernos autoritarios. Reconocido en salas editoriales del mundo como defensor activista de la libertad de expresión. Su obra ya es patrimonio universal.
Paz en su tumba.
