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23 Oct 2021 - 10:16 p. m.

Decisión embarazosa

“Parir es un crimen” – tal paradoja es la consigna con la que el escritor Fernando Vallejo escandaliza a la sociedad de doble moral, convencido de que “es injusto seguir engendrando fabricantes de basura que indefectiblemente terminarán siendo víctimas inocentes de la voracidad humana…”. Vale aclarar que dicha postura no obedece al declarado homosexualismo del literato, al contrario su crítica es culta y consecuente con su decepción existencialista de la civilización occidental.

Hay referencias de control oficial de la reproducción de los esclavos en el antiguo Egipto, seguramente la mítica huelga de sexo que lideró Lisístrata para presionar a que los maridos dejarán de combatir también fue para no darle más hijos a la guerra, la República Popular China, desde la revolución cultural, se ha propuesto reducir la explosión demográfica con el drástico control de la natalidad, estimulando a los matrimonios que tienen un solo hijo y castigando con impuestos a los que tienen más de dos. Pero ya desde la década de los 60 del siglo pasado hubo generaciones de europeos y norteamericanos, por lo general citadinas y educadas, que voluntariamente se negaron a tener hijos, la decisión correspondía a posturas de las empoderadas feministas que en las manifestaciones de mayo del 68 en París alzaron su voz por las liberación sexual y la autonomía sobre sus cuerpos, desde entonces se desarrollaron métodos anticonceptivos de difusión popular: la píldora, el cierre de trompas de Falopio, la T de cobre, el condón, más recientemente la vasectomía en los hombres y la pastilla del día después. Con la profusión de la mentalidad anti reproductiva, particularmente en Francia, hizo noticia la cantidad de parejas que en vez de hijos preferían mascotas, lo que con el tiempo desembocó en una generación de viejos y la obligada demanda de mano de obra joven.

Los matrimonios de mi generación, casados entre finales de los 70 y los 80 hicieron familias de máximo dos hijos, y, con toda franqueza reconozco que las mujeres de mi entorno eran felices gozando de una sexualidad sana y con autonomía para decidir cuándo se dejaban embarazar de sus parejos, por supuesto no faltaban los embarazos accidentales y enseguida la problemática decisión, por los peligros de un aborto inseguro o afrontar el parir aún sin estar convencidos y/o preparados para asumir el rol de madres y padres. Es un hecho que la sexualidad consciente y libre es directamente proporcional al nivel educativo y cultural de las personas, en el campesinado se impone lo instintivo del macho, también en los barrios muy pobres, con el agravante de que las campañas pro control de la natalidad son contrarrestadas por las consignas dogmáticas de los grupos religiosos, de las iglesias cristianas y evangélicas que asumiendo literalmente la caduca orden del Dios Hebreo: “Creced y multiplicaos”, se oponen a todo método anticonceptivo e inculcan está porfía irracional a sus feligreses.

Por lo que veo, pongo en duda en que la postura contra los métodos anticonceptivos por parte de los curas católicos y pastores evangélicos obedezca solamente a su ortodoxia bíblica, más bien creo que es una perversa estrategia a largo plazo para aumentar y mantener su feligresía miserable e ignorante; lo digo porque mientras a los pastores se les ve ostentando joyas y autos lujosos a punta de lo que acumulan con el diezmo que pagan los fieles a sus iglesias y su composición familiar si es moderada de máximo dos hijos, las familias de feligreses son una prole inadecuada para estos tiempos tanto por lo económico como por lo ecológico.

La autonomía sobre la procreación, el control de la natalidad por parte de los gobiernos como campaña para moderar la explosión demográfica y hoy en día como estrategia de la economía ambiental, ha de integrarse a las éticas de convivencia, sin duda la práctica racional y consciente de las relaciones sexuales, sobre todo entre la juventud, demuestra el desarrollo espiritual y civilizado de la humanidad actual, más importante el respeto y la valoración de la decisión de las mujeres al respecto, puesto que en la práctica son ellas las dotadas para la gestación y por supeditadas al patriarcalismo atávico se les ha hecho únicas responsables de la procreación, supeditándolas sobre todo a la maternidad y en todos los casos frustrando su realización existencial más allá de lo meramente hogareño.

Aclaro que yo, a ultranza, no puedo estar de acuerdo con el aborto, en el fondo nadie lo está porque en si mismo es un acto traumático para superar un condición accidental o una condición riesgosa de salud, pero en todo caso la sociedad debe respetar a las mujeres que sensatamente deciden interrumpir su embarazo, porque la libertad mínima empieza en las decisiones sobre nuestro cuerpo y la decisión de tener o no tener hijos es magna, es trascendental, en los casos en que tal decisión es obligada terminan siendo víctimas la madre, el crío y la pareja. La religión no logra mediar en este asunto humano y terrenal, le corresponde a los estados legislar a favor de la superación de esta problemática de salud pública ya que lo grave es que se siga cumpliendo a escondidas y por lo mismo de modos peligrosos para las mujeres.

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