El derrumbe de estatuas como protesta va más allá del vandalismo común, porque no es un ataque a la cosa en si, sino a lo que simboliza o a quien representa el ícono. Por lo general es la expresión de fanáticos que cumplen una venganza simbólica atacando el símbolo del que fueron víctimas sus ancestros o su fe o su región.
Por la Biblia y por gráficos de civilizaciones asiáticas sabemos de furibundas destrucciones de ídolos, efigies y esculturas, que por suceder en tiempos y lugares remotos las asumimos como acciones coherentes con la naturaleza humana, pero ahora que ya se están derribando estatuas aquí en Colombia, nuestra reacción ya no es estoica, ni indiferente, menos cuando el personaje o la escultura en si, tienen algún significado para nuestro espíritu para nuestro pensamiento.
Cuando tumbaron en Cali la estatua de Belalcazar pensé para mí: “Se lo buscó. La historia le está cobrando al sanguinario conquistador el racismo, las usurpaciones”. En cambio cuando tumbaron en la ciudad de Pasto la estatua del prócer Antonio Nariño mi reacción fue de ira, de indignación, consideré el hecho como un acto de fanáticos irracionales.
La valoración y lo que ha significado para mí espíritu Antonio Nariño, se lo agradezco al historiador y amigo Enrique Santos Molano desde que me regaló su libro “Memorias fantásticas " y por el que me enseñó de viva voz sobre la vida y la obra del humanista, del guerrero, del ideólogo de nuestra independencia.
Es inevitable la disyuntiva ética que sufre nuestro criterio cuando el modo de una protesta agrede símbolos importantes para uno. Para ilustrar los varios efectos del derrumbe de la estatua de Nariño, en Pasto, me llegó un texto irónico y cómico que presentó a continuación.
Por: Jorge Manuel Pardo
“¡Váyase Nariño!
Se convoca a todos los nacionales para que, luego de haber derribado la oprobiosa estatua del masón, hereje y librepensador Antonio Nariño (precursor de toda esa ideología de human rights), erijamos en su lugar un busto de nuestra anhelada majestad don Fernando VII. Así mismo, se comunica que desde este momento nuestro reino deja de llamarse “Nariño”, para pasar a denominarse Borbonia , como homenaje a nuestra amada dinastía de los Borbones). Por otra parte, nuestra villa principal, deja desde ya de llamarse “Pasto”, para denominarse Césped; Consacá, se llamará Alcalá; Ipiales, Barcelona; Pupiales , Baladona ; nuestro campeonísima selección de fútbol se llamará el Real Césped, y la Laguna de la Cocha, pasará a denominarse Laguna del coño(que resulta más noble y castizo) .
Por otra parte, invitamos para que venga a gobernarnos aquí a su majestad el rey emérito, don Juan Carlos de Borbón, quién en nuestros bosques y dehesas podrá practicar su ilustre afición a la caza. Y si bien es cierto que lamentablemente no tenemos elefantes, sí podemos ofrecerle cuyes (desde ahora llamados conejillos de Borbonia), los cuales, teniendo en cuenta la edad y condición física de nuestra majestad, resultan más apropiados para que don Juan Carlos practique el nobilísimo deporte de la caza.
Finalmente, reiteramos nuestro agradecimiento a los valientes caballeros templarios que, al derribar la estatua del impío y demócrata Nariño, abrieron la puerta de nuestro futuro hacia el pasado!”
Tres días después, Revistas y periódicos informan: en Bogotá indígenas Misak derribaron, en la plazoleta del Rosario, la estatua del genocida Gonzalo Jiménez de Quesada.
En reacción y con igual tono satírico, Jorge Manuel Pardo me envió la siguiente diatriba.
¡Ay don Gonzalo!
Feliz andaba yo con la destrucción del busto del francmasón de Antonio Nariño, cuando, ¡ ay de mí! Me entero del derribo de la estatua de nuestro fundador don Gonzalo Jiménez de Quesada. Montando en santa cólera, os reclamo, malandrines, bergantes e hideputas :¿cómo habéis osado atentar contra quien os dio ciudad y os trajo el idioma que ahora mal habláis?
Tolero que hayáis derribado las estatuas de Belarcazar, pues ¿quién le mandó a este necio a ponerse a fundar Calis y Popayanes? ¡Pero atreverse con don Gonzalo, quien fundó la más ilustre ciudad del Nuevo Mundo, la muy reconocida Atenas suramericana, donde además vivís¡ Desagradecidos y mentecatos derribadores os increpo: ¿Acaso fundó don Gonzalo a nuestra hidalga capital en algún aburrido Valle de Aburrá o en cualquier otro peladero lleno de mosquitos, malarias y culebras? ¿No se esforzó, acaso, don Gonzalo para fundar vuestra ciudad en el mejor sitio de las tierras recién descubiertas? ¿No la erigió, por suerte, en la más bella y fértil sabana, protegida por magníficos cerros tutelares y bañada por los cristalinos ríos San Francisco, Arzobispo, Fucha y Tunjuelito? ¿No puso a la hidalga Bogotá en un edén apacible, de fresco clima y maravillosos ocasos con el sol de los venados?¿Por ventura la colocó cerca de un volcán, cómo le sucedió a Pasto, o cerca de una falla geológica, como le pasó a Bucaramanga; o bien en alguna ciénaga inundable e insalubre, como a muchas otras villas, o demasiado cerca de sí mismas como a todas las demás?¿Está Bogotá en alguna selva salvaje y mortífera o en un árido desierto? Se conformó acaso Quezada con fundar nuestra ciudad en cualquier Tamalameque, cediendo a la fatiga y al continuo acecho de los naturales? ¿No? ¿Entonces que tenéis que reprocharle al hidalgo varón, mostrencos desagradecidos?
Desagradecidos y además cobardes. ¿Cómo pudisteis atacar a traición y en tumultuosa gavilla a tan noble caballero, sin haberle permitido siquiera sacar su diestra espada para defenderse? ¿Cómo osaste lanzaros contra un hombre solo y viejo, al que esperaste arteramente 500 años para tomar venganza por haberos posibilitado el llegar a tener algún día ciudadanía? ¡Cuánto me hubiese gustado que hubieses retado a duelo a Quesada en el año en que él arribó a estas comarcas! ¡Cómo os habría hecho correr como conejos¡ Pero, claro, ¿qué puede saber de caballerescos duelos, y de honor y de honra, semejante horda de bellacos malnacidos?
Finalmente, os reclamo, bergantes despreciables: ¿Qué razones justifican el haber cometido tan vil crimen contra nuestro ilustre fundador? ¿Acaso tiene él la culpa de que hayáis convertido la apacible villa que fundó en una invivible selva de cemento? ¿Es él el responsable de que hayáis transformado sus prístinos ríos en asquerosas cloacas, su aire impoluto en veneno irrespirable, sus calles en peligrosos nidos de atracadores, sus tiendas en expendios de bazuco, sus casas en carcelarias fortalezas de rejas y alambre de púas, como señal de que aquí nadie puede confiar en nadie, de que todo lo que no es muladar es pandemonio y de que lo que no es ruido es furia? ¿Tiene, acaso don Gonzalo la responsabilidad de que os halláis dedica a echar al mundo hijos desenfrenadamente, y sin confirmar siquiera que en verdad todos traían el pan debajo del brazo? ¿Tiene también Quesada la culpa por la reforma tributaria? La culpa es del gobierno, diréis, no sin razón, pero debéis aceptar que todos habéis aportado a este desmadre. No seáis tímidos. No os quitéis méritos y aceptad que todos tenemos alguna culpa en el despelote en que se convirtió la villa que fundó don Gonzalo.
Claro que podréis disentir y cuestionar por qué levanto ahora tanta alharaca por la estatua gélida de un conquistador codicioso y cruel, que además dominó y expolió a los indígenas. Os diré por qué: Quezada es parte de nuestro patrimonio y – gústenos o no- es parte fundamental de nuestra historia; y como bien se sabe: “quien no conoce la historia está condenado a repetirla”
Un pregunta final, derribadores: ¿Con quién vais a reemplazar a tanto prócer derribado? ¿Con Maluma?
Hoy en día las huelgas, los paros, las manifestaciones públicas, reivindican el derecho constitucional a la protesta y a expresar públicamente los disentimientos. En los modos de las protestas no es que se derroche creatividad, prima la razón y el motivo de la protesta más que la estética, por lo general se reproducen modos internacionales, tanto en la violencia, en el vandalismo, como en los lenguajes de las manifestaciones, se reproducen como modas internacionales los coros, los cacerolazos, hoy en día el encendido básico de celulares y en acciones contra el amoblado público, los grafitis, y más contundente el derribo de monumentos y de estatuas, es ahí donde la percepción colectiva de la protesta está sujeta a que tanto afecta sus imaginarios y sus valoraciones culturales.
Supongamos que actualmente, en Palestina e Israel persisten resentimientos por la muerte de su antepasado el filisteo Goliat y que algún fanático decida vengarlo en el presente atacando la escultura El David de Miguel Ángel, considerado una obra maestra del arte, patrimonio de la humanidad.
Creo que esa venganza iconoclasta puede desatar un ataque militar contra la secta seguidora del gigante Goliat.