1 Oct 2021 - 7:06 p. m.

Leer sin remedio

En algún día decembrino de 1985 fui invitado por mi amigo, el poeta Roberto Pinzón Galindo, a una de las tertulias que solían oficiar sus parientes en la casa taller de su papá, el pintor Roberto Pinzón. Esa vez festejaban el inicio del rodaje de la película “Pisingaña”, adaptación de la novela “El Terremoto”, de Germán Pinzón y dirigida por su hermano Leopoldo.

Los comentarios se enfocaron en la literatura sobre Bogotá, mentamos desde El Carnero, de Rodríguez Freyle; la dramaturgia de Vargas Tejada; de Sobremesa la novela extraviada de José A. Silva, y claro, lo del costumbrista Álvaro Salom Becerra.
Los comentarios se enfocaron en la literatura sobre Bogotá, mentamos desde El Carnero, de Rodríguez Freyle; la dramaturgia de Vargas Tejada; de Sobremesa la novela extraviada de José A. Silva, y claro, lo del costumbrista Álvaro Salom Becerra.

Vale decir que realizar una película en ese momento histórico era algo providencial, pues el país acababa de padecer dos grandes tragedias: el seis de noviembre, la toma del Palacio de Justicia, por un comando del M19, y a la semana siguiente, el 13, la avalancha de lodo que acabó con el municipio de Armero. Por supuesto, junto al festejo cervecero por el rodaje en mención, se opinaba de los sucesos coyunturales. Por la familiaridad de la conversa entendí que eran frecuentes esas tertulias de los hermanos Pinzón Moncaleano y, entendí también, porque no asistía el otro hermano, el famoso comunicador Carlos Pinzón.

La verdad yo me sentía como mosco en leche, ya porque era visita, no era familia, y ellos tertuliando de locales se conocían el modo diletante de cada cual, sumado a que todos allí eran cachacos y yo costeño samario. De suerte, que el señor Germán le dio un viraje a la charla hacia un tema propicio para mi participación.

Sacó de su maletín un libro de editorial Bruguera, primera edición de la novela Sin Remedio que, según dijo con ufanía, acababa de leer. Seguro de su idoneidad, el respetable escritor elogió la obra que tenía en las manos, resaltándole tres virtudes con argumentos contundentes: “Antonio Caballero ha escrito la primera novela bogotana de la modernidad, inaugura la literatura urbana en Latinoamérica, abandonando el ya gastado tema de la violencia y las dictaduras…”

El anfitrión, don Roberto, tomó el libro, recorrió con el pulgar el hojerío y dijo: “573 páginas, es un mamotreto. Lo leerán sus amigos de la élite.”- ironizó.

-No será popular- aclaró Germán- pero si un patrimonio que deberían leer los bogotanos cultos.

Ahí metí yo la cucharada: Hace dos décadas que en Colombia el único autor popular es García Márquez y desde que ganó el Nobel todo lo que pública es de lectura obligada en colegios-. Sentí, por sus gestos, que coincidían con mi afirmación y de hecho Leopoldo, el cineasta, recalcó: “La popularidad de Gabo ha opacado obras magistrales como La Tejedora de Coronas de Germán Espinoza.”

-Eso lo causa el mercado editorial -aclaró Germán- que así como los bancos, le prestan solo al que tenga plata, las editoriales promocionan solo al que tenga fama.

De ahí los comentarios se enfocaron en la literatura sobre Bogotá. Mentamos desde El Carnero, de Rodríguez Freyle; la dramaturgia de Vargas Tejada; De Sobremesa, la novela extraviada de José A. Silva, y claro, lo del costumbrista Álvaro Salom Becerra. También se exaltó la novela bogotana de Germán Espinoza, Los ojos del Basilisco; de Enrique Santos Molano su polémica biografía de Silva El Corazón del Poeta, y el mismo Germán Pinzón se incluyó “como otro de los autores ignorados por la bogotanidad, sin sentido de pertenencia”.

Cuando ya la cerveza emborrachó la elocuencia, yo decidí irme, con tan buena suerte que el señor Germán me prestó el libró, seguro de que al leerlo me convertiría en bogotano.

Aquella misma noche abordé la novela que no era de leer en una sola sentada, tanto por la extensión como por la novedosa temática diferente a las de las corrientes literarias de ese momento. Desde la intriga que en el primer párrafo expresa el protagonista, Ignacio Escobar, noté que no era un héroe épico, que sus angustias y que sus conflictos serán existenciales. Por lo mismo, me obligué a la lectura reflexiva de varios días.

Ahora que ha fallecido Antonio Caballero no quise repasar la lectura, me pareció más justo honrar la memoria del autor de Sin Remedio agradeciéndole por los asombros y las revelaciones que me marcaron de su obra.

No olvido la obsesión de Ignacio por hacer perfecto el poema “Cuaderno de cuentas”, una ironía surrealista, pero dramática para él. Ciertamente, como me lo advirtió el viejo Germán Pinzón, en esa novela vivencié lo fatídico de Bogotá, ámbito de sociedades absortas en esperanzas fofas.

Ahora recuerdo, sin orden, a Leonor, la madre que sin abnegación era el sustento económico del hijo nihilista, Ricardito Patiño, el poeta que Ignacio nunca quisiera ser; a sus amadas Fina y su prima Patricia, imposibilitadas para entender o al menos paliarle las angustias, y al obispo allegado Benito Jaramillo, como icono de la falacia cósmica.

A Federico, el escultor convencido de que el arte debe estar al servicio de la revolución y se involucra con el GGP, guerrilla urbana, cuyo idealismo absurdo es risible, a la vez vergonzante, y finalmente la mecha del desgraciado desenlace: el secuestro y sacrificio del tío Fisón, de lo que acusarán al inocente y desapercibido Escobar, por lo cual lo matan las Fuerzas Militares.

Lo tenaz es que en todos esos personajes, los frívolos, los enajenados, los egoístas, los perversos, de repente me sentí reflejado, como si el narrador describiendo sus almas me llevara a descubrir las verdades ocultas de mi ser. Alguna vez oí una entrevista en la que Caballero decía que su novela tenía la estructura de una corrida de toros. Si es así, el narrador lleva el punto de vista del bovino, deambulando por la vida como en el ruedo el toro condenado sin remedio a la faena mortal.

Antes de leer la novela lo admiraba como caricaturista. Casualmente, en 1977 lo vi en el Teatro Cultural del Parque Nacional, que dirigía su hermana Beatriz, también escritora y titiritera. Durante su administración el teatro se volvió la sede de un grupo de artistas bastante politizados llamados El Centro Latino de la Cultura. Aquel domingo se presentaba el grupo El Triángulo, dos juglares argentinos con un maravilloso show de títeres, pantomima y música.

Antonio Caballero llegó con una niña, supongo que era su hija. Estábamos en el lobby, en fila para entrar a la sala, cuando irrumpió un tipo con medio rostro cubierto con una pañoleta insigne del grupo guerrillero EPL. En tono beligerante arengó contra el imperialismo yanqui y la burguesía gobernante. Lógicamente los niños se intimidaron y Antonio Caballero, bastante más alto que el subversivo, se le acercó y con su voz ronca y susurrante lo increpó: “usted cree que a estos niños les interesa su perorata. Los asustó y aquí vinimos a gozar una obra de arte en paz”.

El tipo no se atrevió a discutirle. Se escabulló veloz y escarmentado. Antonio Caballero, el dibujante, el caricaturista, el periodista, el crítico, el pensador, fue una suerte de aristócrata humanista, culto, de los que rara vez se dieron y hoy en vías de extinción. Ocupó su saber y su talento para denunciar en fino y filudo español la injusticia, la corrupción, la mezquindad, la barbarie y la brutalidad de los poderosos, de los gobernantes, de los magnates.

A veces parecía ufano de su sabiduría, soberbio opinador, pero sin duda, el oficiar la revelación de su criterio, de su verdad, fue ante todo responsabilidad social, amor por su cultura, por su gente. Paz en la tumba del inolvidable escritor y dibujante Antonio Caballero.

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