El domingo 27 de noviembre presencié en el Teatro del Parque el estreno de la obra de mi autoría Riserio el diferente, montaje del grupo La pepa de Mamoncillo dirigido por Héctor Loboguerrero, cuya propuesta escénica de musical con títeres y actores ganó la beca de Idartes a la mejor obra infantil de gran formato 2020.
Varias alegrías me produjo asistir a esa función. Obviamente, como dramaturgo fue gratificante ver representada mi obra con una puesta en escena propositiva y bella; porque un texto dramático está predestinado para existir en el escenario, donde el verbo hecho carne para el goce del público consuma su ritual artístico. Pero antes del agrado a mi vanidad de autor, me alegró ver otra vez activo el Teatro del Parque, en dónde varias generaciones de titiriteros nos iniciamos en el arte del birlibirloque, para el que, ex profeso, fue construido en 1933 con diseño del arquitecto Carlos Martínez y por la encomiable gestión del pionero marionetista Antonio Ángulo, primer director del teatro y cuyas obras fueron la principal atracción, todos los sábados durante los primeros cinco lustros. Luego, en las dictaduras negligentes al fomento de la cultura, en las dos décadas de La Violencia, el teatro permaneció en total abandono. Hasta 1961 cuando la titiritera y gestora cultural Gabriela Samper asumió la dirección, y se restauró el edificio, se potenció la oferta de servicios y el Centro Cultural Teatro del Parque ganó prestancia y alguna vez llegó a ser epicentro de movimientos artísticos vanguardistas. En su escenario se han presentado los mejores grupos de títeres latinoamericanos, también de otras artes escénicas, aunque ha prevalecido la misión original al servicio de los niños.
Ese domingo resplandecía la arquitectura del teatro, el sol destellaba sobre el blanco de sus paredes. Todos los funcionarios estaban en la entrada, sonrientes porque después de nueve meses de cierre obligado por la pandemia, disponerse para una función en vivo y para recibir al público era un acontecimiento importante, era volver a cumplir su misión social.
En las bancas frente al acceso ya habían algunas familias esperando la hora de ingreso, vestían sus mejores ropas de domingo, algunos niños correteaban mientras la espera, otros, los mayorcitos, no disimulaban su expectación por lo que verían en el interior del recinto.
Por supuesto, el ambiente de precaución era evidente, funcionarios y públicos con sus respectivos tapabocas, la presencia de un paramédico de la Defensa Civil y una enfermera de la Cruz Roja que tomaría la temperatura y los datos a las cuarenta personas, que son el cupo permitido por los protocolos de bioseguridad.
El espectáculo empezó en el lobby, dónde había elementos y figuras alusivas a la obra con las que podíamos interactuar, Enseguida tres personajes músicos nos indujeron sobre el mundo de la obra y paulatinamente ingresamos a la platea y los guías del teatro nos ubicaron con el debido distanciamiento preventivo. La sala cuenta con 250 sillas, los presentes ocupamos menos del 20% de la capacidad, más, en virtud de que la magia titiritera suscitó en los niños dichosa catarsis, contagiados de alegría nuestras risas llenaron el ámbito.
Se sobre entiende que esa presentación no se costeó con la venta de boletas, era una de las cuatro funciones del compromiso del grupo ganador de la beca IDARTES, o sea que fue el grupo La Pepa del Mamoncillo quien financió sus presentaciones con dineros de la beca. Considerando el gran formato de la obra, que en el montaje participaron tres músicos, cuatro titiriteros, tres actores, diseñadores y constructores de la escenografía, de los títeres, del vestuario, del maquillaje, de los efectos, de las luces, que para las presentaciones se requieren: un luminotécnico, un técnico de sonido, un utilero y que además entre las obligaciones becarias está la grabación en video de la obra; supongo las maromas administrativas que debió hacer la compañía para hacer rendir el presupuesto y lograr un espectáculo de calidad en cinco meses.
Empero, si tales son las condiciones que deben sortear los grupos y los teatros subsidiados, ¿cómo será la realidad que viven los que dependen de su autogestión?
Durante los nueve meses de emergencia sanitaria estricta, los creadores del sector de las artes escénicas, con el discurso de la “reinvención”, recurrieron a las plataformas virtuales, así se dieron festivales, conciertos y otras tantas expresiones dramáticas. Confieso que muy pocas lograron cautivarme, incluso algunas obras que admiré en vivo, verlas en video fue decepcionante, me aburrieron.
Todo avisa que en adelante las artes escénicas están obligadas a adecuarse a la virtualidad. Seguramente, terminarán creando una nueva existencia en el lenguaje del vídeo. De hecho, espectáculos deportivos, particularmente el fútbol, se aprecian con más detalle en televisión que desde las gradas de los estadios; pero el ritual de las artes dramáticas se consuma en presencia viva ante un público.
Confío en que el poder infuso de la creación inspirará el modo óptimo para que viva el teatro vivo.