La “batalla cultural” que promueven los gobiernos de ultraderecha en boga en innumerables lugares ha representado un verdadero atentado contra una serie de valores fundamentales, que han inspirado la actividad cultural, intelectual y académica en nuestros países. Estos aspectos no son patrimonio exclusivo de la derecha, pero su auge ha contribuido a potenciarlos: la reivindicación de las emociones, la imagen y el espectáculo en detrimento del debate racional; la mentira, la descalificación del otro, la no exigencia de una “prueba de realidad” en los juicios; la reafirmación del narcisismo y el autoritarismo, la superstición religiosa.
Una tarea urgente consiste entonces en reiterar las condiciones mínimas que hacen posible la discusión racional y argumentada, sobre la base de que “el diálogo es el principal instrumento de que disponemos los habitantes de este planeta para enfrentar un futuro lleno de dudas e incertidumbres”. Reproduzco aquí algunos apartes de un texto ya difundido en las universidades y que el lector puede consultar en la red (academia.edu) con solo citar su nombre y autor.
1. “La primera condición del diálogo es el reconocimiento del valor y la legitimidad del interlocutor. No existe diálogo alguno cuando la actitud inicial consiste en descalificar de antemano al adversario o en hacer de sus argumentos una caricatura para después poderlo criticar más fácil. La primera exigencia del diálogo es delimitar con respeto las razones y los argumentos del interlocutor. Hay que hacer todo lo posible para que el otro tenga sus mejores argumentos y los ilustre con los mejores ejemplos. El otro no es simplemente un espejo que corrobora con su asentimiento lo que yo digo y su desacuerdo no puede ser tampoco el criterio de auto corroboración de mi discurso. El otro es verdaderamente un interlocutor cuando le ofrezco todas las posibilidades de oponerse y diferir”.
2. “La segunda condición del diálogo es la actitud crítica frente a la propia posición. El debate y el diálogo no ocurren necesaria, ni prioritariamente, en relación con un contendiente externo sino, en primer lugar, con uno mismo. No se deben presentar argumentos que no estamos en capacidad de sustentar. Los argumentos que ponen en cuestión la tesis que queremos promover deben surgir en primera instancia de nosotros mismos. Es importante que pongamos sobre el tapete el punto de vista desde el cual hablamos. La autocrítica no es un simple acto de modestia sino la aceptación realista de que nadie está en capacidad de abarcar desde un solo punto de vista la complejidad de un problema”.
3. “La tercera condición del diálogo es el reconocimiento de que por encima de las partes comprometidas en una discusión existen unas normas mínimas de la lógica, de la demostración, de la argumentación, del pensamiento y de la investigación que las partes comprometidas asumen y reconocen como válidas. No podemos aceptar eso de que "entre gustos no hay disgustos" y que la validez de una proposición se debe limitar a quien la afirma y carece por consiguiente de objetividad. En estas condiciones no habría diálogo sino ‘monólogos superpuestos’”.
“Las discusiones efectivas que llevamos a cabo en la vida cotidiana no se amoldan necesariamente a las tres exigencias que hemos presentado. Pero no por ello carecen de importancia. Por el contrario, constituyen una aspiración cuya "realización nunca se alcanza, pero que debe llevarse siempre en la intención".
Una práctica del debate y la controversia, orientada idealmente por estos criterios, haría posible la afirmación de unos valores intelectuales que nos permitan hacer frente a la “gran batalla cultural” que se anuncia en varios países del mundo y que apenas comienza.