La mayor novedad de la época que estamos viviendo es, sin lugar a duda, el auge inusitado del populismo en los más diversos países del mundo, incluyendo el nuestro. Así como en el siglo pasado conocimos el “auge de los totalitarismos” (nazismo, fascismo, estalinismo), ahora nos encontramos frente a un fenómeno político que, aunque tiene antecedentes, se presenta con una renovada fuerza. Para algunos el populismo representa una “gran revitalización del proyecto democrático”; para otros, como trataremos de mostrarlo aquí, preanuncia el colapso de los regímenes democráticos.
El fenómeno populista, aunque diverso, tiene algunas características que se pueden identificar tanto a la derecha como a la izquierda: la desconfianza frente a la representación política parlamentaria en favor de una participación directa del pueblo (plebiscitos, referendos); el rechazo de las instituciones mediadoras de la tradición liberal frente al Estado (partidos, sindicatos); la defensa de valores comunitarios más que de derechos individuales; el caudillismo; la resurrección del nacionalismo y, sobre todo, el imperio de las emociones en la política.
La democracia es un régimen político en el cual el fundamento de la legitimidad del poder proviene del pueblo, que participa en la conformación de la autoridad política. El populismo también apela al pueblo como su fuente (de allí su nombre) y, en este sentido, un buen demócrata sería un populista. Pero aquí hay una profunda incomprensión. El pueblo de la democracia es el conjunto de los ciudadanos; mientras que el pueblo del populismo es apenas un sector, que se opone al resto de la sociedad.
Todos los populismos que hemos conocido se reclaman del pueblo pero creando para ese mismo pueblo tanto un “enemigo interno” como un “enemigo externo”, que cambia de contenido según las diversas versiones. Gaitán, Perón, Chávez, enfrentaban el pueblo con las oligarquías, construían una oposición entre un “ellos” y un “nosotros”, entre los cuales se postulaba un abismo infranqueable. En la Colombia del siglo XX, a diferencia de otros países latinoamericanos, no tuvimos regímenes populistas en el poder. Pero a tono con las nuevas tendencias mundiales hemos conocido en las últimas décadas dos versiones de populismo, tanto a la derecha como a la izquierda.
El populismo de Álvaro Uribe, que contrapone el “pueblo”, entendido como las “gentes de bien”, a los grupos armados y al terrorismo representados sobre todo en la figura de las FARC; y a un enemigo externo encarnado en el “castro-chavismo”; el llamado “Estado de opinión”, que aplasta las minorías. El populismo de izquierda irrumpe con el gobierno de Gustavo Petro, que empodera a un nuevo sector de la población tradicionalmente “marginado y excluido”, a una “población sobrante”, “no integrada”, que había vivido por fuera de la formalidad del vínculo social y del “amparo de la Ley”. En momentos de crisis el propio presidente solía recurrir a las movilizaciones callejeras y a la fuerza del discurso para oponer el pueblo así definido al resto de la población.
La democracia es mucho más que la irrupción del pueblo en la política como fuente de legitimidad del poder. La democracia es el espacio en que se despliegan las diferencias y las oposiciones, pero en el marco de un piso normativo y valorativo compartido. Sin un “nosotros” común no hay “democracia política” posible. Construir democracia no es oponer el pueblo a sus enemigos, enfatizando más el antagonismo excluyente que el consenso, sino establecer un “acuerdo práctico” entre sectores con visiones del mundo distintas para que puedan convivir. La democracia colombiana siempre ha sido precaria porque adolece de una carencia crónica de “comunidad política” en cuyo marco todos nos podamos reconocer.