Dos décadas después de la Segunda Guerra Mundial irrumpe en el mundo entero la necesidad de elaborar el significado de los conflictos que habían sacudido al mundo durante la primera mitad del siglo. Los primeros fueron los alemanes. Los nietos de los que hicieron la guerra se dieron cuenta de que había que encontrarle un sentido a la hecatombe que habían provocado sus abuelos. Con esta emulación, los franceses comprendieron que había en su pasado sucesos que debían ser elaborados como era el caso del “colaboracionismo” con la invasión Nazi (1940-1944) o la Guerra de Argelia (1954-1962). Algo similar ocurrió en España. Las generaciones que vivieron la Guerra Civil (1936-1939) o el franquismo, durante la transición democrática que comenzó con la muerte de Francisco Franco en 1975, comenzaron a preguntarse por la razón de una época que había marcado sus vidas.
A partir de entonces, el “auge memorístico” se extendió por los más diversos países del mundo. En América Latina, a la salida de las dictaduras, se comenzaron a convocar “comisiones de la verdad”: la primera en Bolivia en 1982, que fue a su vez replicada en Argentina, Chile, El Salvador y Guatemala (las más importantes); al igual que en Haití, Uruguay, Perú, Paraguay, Ecuador, Honduras, Brasil e, incluso, Venezuela. Estas “comisiones” fueron centrales en la transición a la democracia que se presentó en el continente desde mediados de la década de 1980.
En Colombia, igualmente, sin que el conflicto haya terminado, hemos contado con diversas comisiones sobre todo el trabajo realizado por el Centro Nacional de Memoria Histórica que dio como resultado el informe ¡Basta ya! de 2013 y las 8.386 páginas de la Comisión de la Verdad, convocada en el marco de los acuerdos de La Habana. La idea que se impuso es que la memoria está relacionada fundamentalmente con el conflicto y, sobre todo, con la reconstrucción de la “verdad de las víctimas” o de los sectores más vulnerables. Pero tenemos que tener en cuenta que la memoria va mucho más allá.
La memoria es un mecanismo universal para toda clase de hechos sociales, que tiene que ver con la presencia del pasado en el presente bajo diversas modalidades (musicales, gráficas, narrativas) que opera como orientación de las acciones y como perspectiva para la construcción del futuro. Es un campo donde compiten distintas interpretaciones. Nadie posee la verdad definitiva, que es resultado precisamente de la confluencia de diferentes versiones. No compete sólo a las víctimas sino también a los victimarios y a los que no son ni una cosa ni la otra. No es de derecha ni de izquierda. Como “vehículos de la memoria” son tan importantes las Confesiones de Carlos Castaño como la Autobiografía de la madre Laura. En este sentido, la memoria es un componente fundamental de los procesos de democratización.
Es increíble, entonces, que en una sociedad heterogénea y diversa como la nuestra un grupo en el poder esté interesado en imponer una reinterpretación de la memoria por vía autoritaria, como ha ocurrido en los últimos días con el retiro de documentos diversos del Museo Nacional. La custodia de archivos históricos no tiene color político. El gobierno tiene en este momento tareas fundamentales que cumplir en la recuperación del control territorial, la salud, el déficit fiscal o el terremoto, como para desgastarse inútilmente en una empresa insensata, torpe, dañina y completamente contraproducente para sus propios intereses. Como dice Humberto de la Calle es como “darle patadas a un avispero en cuarto cerrado”, es decir, echarse sobre sí enemigos nuevos y perder incluso amigos que ya tenía.