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El país se enfrenta a uno de los eventos electorales más difíciles de su historia. Con base en la experiencia de lo sucedido en los últimos años, algunos sectores intelectuales habíamos construido la ilusión de que Colombia ya se encontraba madura para elegir un candidato, cuyo punto de partida fuera la reconciliación de los colombianos. Pero la realidad no es esa. La eventualidad de que este país salga gravemente dividido de la contienda es un peligro que se cierne sobre todos.
Nos encontramos ante la alternativa de elegir entre posiciones extremas como consecuencia de la intensa polarización entre los contendientes. Mucha gente va a salir a votar con la idea de que es un deber patriótico evitar que el otro gane, en una especie de cruzada religiosa. El miedo cunde. Grandes empresas electorales se han organizado con la idea de detener a un adversario que se considera nocivo para el futuro del país. Pero el problema central de garantizar un país incluyente, donde quepamos todos, ha pasado a un segundo plano.
Necesitamos contienda, oposición, debate de ideas, transacción entre intereses diversos, actividad política en general. Pero para que esto sea posible necesitamos también reglas de juego claras, referentes comunes, con los que nos podamos poner de acuerdo, que se conviertan en garantía democrática para que la contraposición sea posible. Colombia ha sido siempre un país fragmentado, caracterizado por la falta de un sentido de “comunidad política”, de un “nosotros compartido”, que proviene de tiempos inmemoriales.
Además, los candidatos presidenciales parecen no estar suficientemente sintonizados con que el país ha cambiado y siguen insistiendo en discursos anacrónicos. La inercia del pasado es más poderosa que la justa apreciación del presente. El balance del gobierno de Petro no es fácil de hacer, pero lo que sí es cierto es que el país ya no es el mismo. Un gran sector social, tradicionalmente excluido (“nadies”, “ninis”, informales, marginales, pobres de siempre), ha sido empoderado y ha pasado a ser un protagonista activo hasta el punto de que su voto puede ser decisivo en los resultados finales.
Los ciudadanos demandan salud, seguridad, educación, vivienda, empleo, oportunidades. Pero la ceguera de los políticos desconoce que los ciudadanos también demandan reconocimiento, dignidad, ser tenidos en cuenta. Este es el gran legado del actual presidente, con el que la actividad política tiene que contar de ahora en adelante. Ambrosio López, uno de los fundadores y principales líderes de la Sociedad Democrática de Artesanos de Bogotá, creada en 1847, decía una frase que hoy en día sigue vigente: “Prefiero una loa a cien pesos en la mano”. Los que trabajamos en las universidades públicas, donde confluyen mayoritariamente los sectores populares del país, constatamos día a día esta nueva situación.
La derecha nunca ha sido una opción verdaderamente incluyente, y tanto la derecha como la izquierda han jugado con la opción populista de presentarse como representantes de un sector del pueblo o de la clase media, en contra de supuestos o reales enemigos internos y externos (FARC, oligarquías, castrochavismo). Los candidatos de la derecha que piensan en aplastar al adversario no se dan cuenta de que detrás de ese contendor hay medio país. El candidato de la izquierda ha propuesto un pacto nacional pero no se desmarca claramente de la propuesta de una Constituyente, que es claramente un factor de discordia. Y los candidatos del centro, gracias a su terca división, no han logrado arraigarse en el electorado como era de esperarse. Un país fragmentado difícilmente puede acometer las grandes tareas que están hoy en día en el primer plano de la agenda pública.
