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Vivimos en una era política en la que, a la hora de orientar los comportamientos electorales, cada vez pesan menos las ideologías y las doctrinas, y cada vez más las emociones. Ayer, la gran mayoría de los electores no acudió a las urnas para dar su consentimiento a un programa de gobierno. Más bien, se dejó guiar por las emociones derivadas de una profunda incertidumbre. Los electores ya no se preguntan quién tiene el mejor plan para poner orden en el desorden, sino quién puede arreglarlo. La orientación es psicológica antes que política y eso, como sugieren los resultados del domingo, favorece la polarización.
Por ende, lo primero que colapsa es el centro emocional, más que el político. No es que no existan electores moderados, pero la gran mayoría ya no se siente cómoda con posiciones ambiguas o tibias. Por el contrario, busca certezas. La complejidad vende poco en tiempos de ansiedad. Además, hay que tener en cuenta que los algoritmos de las redes sociales no premian la moderación, sino la emoción intensa. La rabia genera más interacción que la serenidad; la indignación, más que los matices. En este contexto, el miedo fue la emoción que más marcó la primera vuelta presidencial. A la izquierda, predominó el miedo a perder conquistas sociales, a regresar al pasado o a una concentración autoritaria del poder. A la derecha, el miedo a la inseguridad, al deterioro económico y a la pérdida de libertades. Finalmente, ambos frentes creen que Colombia atraviesa una crisis histórica y que esta es una elección existencial. Lo único que cambia son el héroe y el villano. Todo ello influirá en la segunda vuelta.
Por eso, la pregunta central no es quién tiene más votos. El desafío para cada uno de los candidatos es reducir el miedo de quienes no piensan como él. De hecho, las elecciones polarizadas suelen ganarlas los candidatos que amplían la sensación de seguridad y certeza, y no necesariamente los que despiertan más entusiasmo. Por ende, Iván Cepeda tiene que reducir el miedo que genera en la derecha moderada, en particular entre empresarios, emprendedores, miembros de la clase media profesional, conservadores moderados y votantes de Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo que no simpatizan con Abelardo. Cepeda debe recordar que la gente no quiere una revolución; quiere poder dormir tranquila.
Por otro lado, el riesgo de Abelardo es parecer excesivo, lo que alimenta el miedo entre los electores moderados. Tendrá que mostrar autocontrol porque los votantes valoran la firmeza, pero temen la impulsividad. Además, para no quedar atrapado en su propio nicho, deberá enviar mensajes puente que demuestren que gobernará en beneficio de todos los colombianos, incluso de quienes no han votado por él, porque la concentración excesiva de poder asusta al elector. Finalmente, la segunda vuelta no la definirán los extremos, sino el centro emocional, que dará su voto a quien sepa transmitir más serenidad sin perder energía.
