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Descubrí a Jürgen Habermas cuando era estudiante en Bolonia, Italia. El libro que me entregaron era denso y ambicioso: La teoría de la acción comunicativa. No comprendí todo de inmediato, pero su lectura me dejó con la sensación de plantear una pregunta verdaderamente significativa. En su obra, Habermas distingue dos tipos de racionalidad con implicaciones importantes. La primera es la racionalidad instrumental, que busca calcular y optimizar resultados, característica del mercado, de la burocracia y de la tecnología. La segunda es la racionalidad comunicativa, que surge cuando dos personas dialogan para comprenderse, no para manipularse. En este diálogo, cada afirmación implica tres compromisos: expresar algo verdadero, ser justo y comunicar con sinceridad. Para Habermas, la democracia se basa en el esfuerzo colectivo por mantener esta racionalidad comunicativa en el ámbito público.
Esta idea no nació de la nada. Habermas se formó bajo el régimen nazi y maduró intelectualmente en una Alemania en reconstrucción. Su obsesión no era solo política, sino filosófica: ¿cómo pudo una sociedad culta caer en la barbarie? Sus maestros de la Escuela de Frankfurt, Adorno y Horkheimer, respondieron con pesimismo, argumentando que la razón moderna había fracasado. Sin embargo, Habermas no aceptó del todo esa conclusión. Su respuesta fue más esperanzadora: el problema no era la razón en sí, sino su uso. Si la restringimos al cálculo y al control, podemos recuperar su dimensión dialógica, dialogando como iguales y construyendo legitimidad a través del argumento, no de la fuerza.
Falleció la semana pasada y su muerte ocurrió en un momento en que tenemos tantas plataformas para comunicarnos y, sin embargo, el diálogo parece escaso. Las redes sociales amplifican la indignación, la identidad tribal y la simplificación moral. Los algoritmos favorecen lo que provoca reacciones, no lo que fomenta la comprensión. En Estados Unidos, el debate público se ha transformado en una guerra cultural constante. En Europa, los populismos florecen sobre narrativas de antagonismo. En América Latina, la política se ha vuelto cada vez más una contienda entre identidades irreconciliables. Colombia no es la excepción. Los debates políticos suelen organizarse en torno a una única lógica: no convencer al otro, sino deslegitimarlo. Quien tiene una opinión diferente rápidamente es reducido a una etiqueta —“petrista”, “uribista”, “enemigo del país”— y el adversario deja de ser alguien con quien debatir para convertirse en alguien que debe ser derrotado moralmente.
El legado de Habermas no es una nostalgia por el pasado, sino una provocación que nos desafía a cuestionar la viabilidad de la democracia en un entorno de confrontación constante en la conversación pública. Su propuesta es clara: la legitimidad política proviene de nuestra capacidad para justificar nuestras posturas ante otros ciudadanos como iguales. Aunque pueda parecer ingenuo, el verdadero riesgo es aceptar que la política ya no necesita argumentos, solo enemigos. Si esto es cierto, no solo el pensamiento de Habermas estaría en crisis, sino también la promesa misma de la democracia.
