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Mientras en Filadelfia se conmemoraban los 250 años de la Declaración de Independencia, en una isla al sur de Italia, un hombre vestido de blanco se detuvo frente a un cementerio de personas sin nombre. El primer papa estadounidense rechazó la invitación de la Casa Blanca y optó por viajar a Lampedusa, donde llegan miles de migrantes que atraviesan el Mediterráneo. También escogió cuidadosamente la fecha: el Freedom 250, el aniversario de la nación que lo vio nacer. Ante esa coincidencia, decidió realizar un gesto profundamente filosófico y pastoral. Tomó la palabra fundacional de su país y la llevó a una nueva dimensión, sin renunciar a su significado original: de la independencia a la interdependencia.
Vale la pena detenerse en el significado de la palabra. Independentia niega el “depender”, es decir, el “estar sostenido por”. Independiente es aquello que no cuelga de nada, que se sostiene por sí mismo. Sin embargo, esa autosuficiencia —la autárkeia de los griegos— Aristóteles la reservaba para los dioses y los animales, nunca para el ser humano, a quien consideraba un animal político precisamente porque no puede bastarse a sí mismo. La modernidad transformó esa idea en dos mitos paralelos: el individuo que se hace completamente solo y la nación que se encierra sobre sí misma. El gesto del papa León XIV muestra que ambas concepciones son ilusorias. La verdadera pregunta no es si estamos conectados unos con otros, porque ya lo estamos, sino si respondemos a ese vínculo levantando un muro o tendiendo una mano.
La misma Declaración de 1776 es, en el fondo, un acto de interdependencia: concluye con sus firmantes comprometiéndose mutuamente con sus vidas, sus bienes y su honor sagrado. Además, el lema elegido por Estados Unidos —E pluribus unum, “de muchos, uno”— expresa en pocas palabras la idea de la interdependencia. La independencia estadounidense ya llevaba inscrita, desde su origen, a su contraparte. Esta intuición es muy antigua. Cuando le preguntaron a Diógenes de dónde provenía, respondió que era kosmopolítēs, ciudadano del mundo. No pretendía borrar sus pertenencias, sino negarse a convertirlas en cárceles. Veía el localismo como una prisión mental.
La interdependencia no es una palabra ingenua ni una idea propia de idealistas. Es una de las nociones políticas más maduras que tenemos. Reconocerla no nos hace más vulnerables; nos libera de la mentira de la autosuficiencia, que, en realidad, no es otra cosa que la forma más frágil de la soledad. Hace 13 años, en esa misma roca, el papa Francisco preguntó: “¿Dónde está tu hermano?”. No era una pregunta dirigida a otros. León XIV, al elegir el 4 de julio, la vuelve a formular, dirigiendo su mirada no solo a su país, sino también a cada uno de nosotros.
