
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Las campañas electorales parecen desencadenar una forma de barbarización colectiva. Las emociones más primarias toman el control. Nos gobiernan el miedo, la histeria y la paranoia. El desprecio, el odio y el resentimiento se apoderan del alma colectiva. El engaño, la mentira y la manipulación se convierten en hábitos. Perdemos la lucidez. Es como si experimentáramos una regresión contagiosa.
El premio nobel de Literatura, William Golding, parece haber descrito este fenómeno en su novela El señor de las moscas. La historia narra cómo un grupo de niños queda aislado en una isla desierta. Al principio intentan organizarse racionalmente, pero, con el paso del tiempo, emergen el miedo, la violencia, el tribalismo y la necesidad de encontrar enemigos. La tesis de Golding es inquietante: la barbarie no viene de afuera; habita latente en nosotros. Eso es precisamente lo que ocurre cuando renunciamos a la empatía, a la solidaridad y a la racionalidad. Cuando olvidamos que son nuestra capacidad de conexión, compasión y amor las que nos hacen verdaderamente humanos. Al negar aquello que ennoblece nuestra humanidad, no solo deshumanizamos al otro: también nos deshumanizamos a nosotros mismos.
En lugar de construir y fortalecer la communitas, la vaciamos. En lugar de reconocernos como piezas de un mismo rompecabezas, fragmentos incompletos que sólo encuentran sentido al unirse para revelar una imagen mayor, quedamos dispersos. Cada uno encerrado en sí mismo, desvinculado de los demás, incapaz de habitar un mundo compartido. Simplemente, sin sentido. El resultado es la pérdida de una narrativa común, de una comunidad política compartida. Lo que queda es una multitud de tribus enfurecidas, cada una convencida de su propia superioridad moral y de la inferioridad de las demás.
Esta regresión colectiva constituye una amenaza real para la libertad, la democracia y el futuro de una nación. Hannah Arendt, quien observó cómo la sociedad alemana se precipitaba hacia el abismo del nazismo, advirtió que las masas atomizadas, resentidas y ansiosas se vuelven especialmente vulnerables a la propaganda, la mentira y la manipulación. Para Arendt, la propaganda no era la causa de la atomización social, sino una de sus consecuencias. Surgía allí donde había desaparecido un mundo de significados compartidos.
Cuando se desvanece la esfera pública, ese espacio donde los ciudadanos deliberan, dialogan y piensan juntos, quedan individuos aislados, secuestrados por el miedo y la histeria, y por ello mucho más fáciles de manipular. Temo que eso sea precisamente lo más inquietante y dañino que está ocurriendo en estas elecciones presidenciales. Colombia en realidad no necesita más fragmentación ni nuevas rupturas. Si quiere tener futuro, necesita recomposición, reconciliación política y reconstrucción del tejido social. Después del 21 de junio necesitaremos líderes, organizaciones y comunidades dispuestos a asumir esa tarea. Necesitaremos, rehumanizarnos.
