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Detoxificación ontológica

Aldo Civico

14 de abril de 2026 - 12:05 a. m.

En Semana Santa me retiré en silencio durante nueve días para realizar los ejercicios espirituales de San Ignacio. Desde hacía años deseaba vivir esta experiencia. ¿Cómo sería la experiencia? Me preguntaba mientras me dirigía al lugar en las afueras de Medellín. No era el silencio en sí lo que me generaba temor, sino la curiosidad sobre qué me encontraría al distanciarme del ruido y de la ocupación constante. Me sumergí así en una serie de meditaciones y contemplaciones meticulosamente diseñadas para afinar algo que parece haber desaparecido en nuestra vida moderna: la capacidad de reconocer, escuchar y discernir lo que se mueve en las profundidades de nuestro ser. En una libreta anoté los sutiles movimientos internos que emergían desde lo más profundo de mi esencia.

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Estos movimientos interiores se veían facilitados por la estructura precisa y deliberada de los ejercicios espirituales ignacianos. No eran meras improvisaciones ni invitaciones a flotar de manera descontrolada en el silencio; eran métodos claros y definidos: meditaciones profundas, contemplaciones que abrían la mente, exámenes de consciencia que iluminaban la oscuridad y repeticiones que reforzaban el aprendizaje. Fue como emprender un viaje. Al principio, es una travesía hacia tu propio abismo. Es un proceso de familiarización con tu sombra. Es descubrir tus fragilidades, debilidades y limitaciones. Es un enfrentamiento directo con tu ego.

El silencio no te permite ocultarte ni evadir este encuentro. Sin embargo, aunque esta experiencia pueda parecer al principio un trago amargo, también es profundamente liberadora. De hecho, en esta experiencia, las narrativas que tienes sobre ti mismo comienzan a tambalearse. Tus explicaciones consolidadas se ven amenazadas, y las creencias que has convertido en dogmas que organizan tu vida empiezan a desmoronarse. Cuando llega este momento, es como si algo se aflojara, como si un nudo que ni siquiera sabías que llevabas se deshiciera por sí solo. Es un alivio sutil: el de soltar algo que estabas sosteniendo sin darte cuenta.

Así, todo se revela tal como es: una construcción, una ficción a la que has entregado tu voluntad, tus fuerzas, tu inteligencia y tu alma. Una construcción que, aunque útil, no representa la realidad última. No sabría precisar en qué momento exacto ocurrió, pero en algún instante comienzas a habitar el silencio. Ya no es algo que debas gestionar, optimizar o desperdiciar. En cambio, el silencio se convierte en un hogar, en el entorno en el que verdaderamente existes. Esto es lo que llamo detoxificación ontológica: un proceso mediante el cual dejamos de reaccionar automáticamente, dejamos de crear versiones de nosotros mismos para el consumo ajeno, y algo más profundo —más antiguo y real— comienza a encontrar su espacio. En ese espacio, algo comienza a respirar.

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