Por todo lo que está pasando en el mundo, siento que nos arropamos en un manto de resignación que nos condena a vivir abrumados, como cuando, por el viento frío que sopla desde afuera, la tenue llama de una vela se apaga, abandonándonos en un cuarto oscuro. La incertidumbre por el futuro nos puede llevar a una parálisis, negándonos así la posibilidad de un devenir optimista; deambulamos por el mundo como muertos en vida, porque la muerte no es nada más que la negación de la posibilidad y la imposibilidad del devenir.
Entonces, ¿qué opciones de metamorfosis existen frente a un presente que muchas veces nos abruma y nos preocupa? ¿Cómo retomar el control sobre nuestro destino cuando nos sentimos cruzados por fuerzas que parecen ser superiores? No estoy pensando en gestos épicos, heroicos o llamativos, sino más bien en cosas simples de nuestra vida diaria. ¿Hay posibilidad de rescate y redención en lo cotidiano? Lo he pensado y quiero sugerir que, hasta un gesto minúsculo, invisible y aparentemente inocuo, puede contener en sí mismo una fuerza regeneradora y significar el comienzo de una metamorfosis que finalmente dé vida a una realidad nueva y opuesta. Puede ser una semilla que se transforma en un árbol de la vida.
Me lo ha sugerido en estos días la artista ucraniana Olesia Trofymenko, quien vive en Kiev, a pesar de todo. Cuando en febrero llegó la guerra a su país, decidió sembrar unas semillas para un futuro incierto. Además, pensó en el árbol de la vida como una forma de desafío interior frente a la absurda violencia de la invasión rusa. Una semilla representa el principio y el final, la vida y la muerte. Es todo el universo en un grano de arena; es un concentrado de posibilidades, la promesa de un devenir. El árbol de la vida simboliza la fuerza, la sabiduría y la longevidad. Así, cuando Maria Grazia Chiuri, directora artística de Dior, vio una pequeña obra de Trofymenko en el MAXXI de Roma, la invitó a colaborar en el desfile de alta costura de otoño 2022, que tuvo lugar la semana pasada en el Musée Rodin, en París.
La colección eligió al árbol de la vida como concepto central y al folclore tradicional de Europa del Este como inspiración para los trajes. De esta manera, los protagonistas no fueron solo las exquisitas prendas plisadas de sedas o los abrigos de lana color crema con refinados bordados, sino también el telón de fondo con las obras de Trofymenko. Alineadas desde el piso hasta el techo, las composiciones interpretaron, con bordados y estampados, árboles de la vida inocentes, adornados con flores, frutos y pájaros. Para Maria Grazia Chiuri, se trató de “volver a imaginar un mañana mejor”. Porque antes de ser un asunto de prendas, tejidos y formas, la moda es la proyección de un sueño, es decir, de una visión que, parece sugerir Chiuri, nos puede revitalizar haciéndonos ver que somos devenir y somos posibilidad. En esto está radicada la esperanza que ahuyenta a la resignación.