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Era un viernes por la tarde en Dubái. El sol se deslizaba lentamente detrás de los rascacielos, bañando la ciudad en un resplandor dorado. Las calles empezaban a llenarse de vida después de la oración del viernes, cuando los hombres salían de las mezquitas. Había llegado a Dubái con el objetivo de ir más allá de los típicos sitios turísticos. Quería sumergirme en la cultura, vivirla desde adentro. Ese día, Ahmed, un amigo que había hecho en Roma, me invitó a su casa para compartir una comida tradicional con su familia y amigos.
Al llegar, me encontré con un ambiente acogedor. Nos sentamos en el suelo, rodeados de almohadones, mientras los aromas de las especias llenaban el aire. La mesa baja estaba repleta de platos: hummus, kebabs, falafel y un gigantesco plato de biryani, todos preparados con amor por su madre y hermanas. La conversación fluía de manera natural, entre una mezcla de árabe e inglés. Hablamos de todo un poco: fútbol, política, nuestras vidas y sueños. Fue en ese momento, compartiendo comida y risas, que experimenté una vez más de lo importante que es viajar para el crecimiento personal. Alain de Botton, en su libro El arte de viajar, sugiere que viajar no es solo ver lugares nuevos, sino aprender a ver con nuevos ojos, apreciando la belleza en lo cotidiano y lo desconocido.
Viajar te saca de tu zona de confort y te enfrenta a lo desconocido. Pero más allá de eso, te permite ver el mundo desde otra perspectiva. Sentado allí, entre risas y platos deliciosos, experimenté que la inmersión cultural no solo se trata de conocer nuevas tradiciones, sino de conectar con la gente, de entender sus historias y, a través de ellas, entender mejor la tuya. Ahmed y sus amigos me contaron sobre su día a día en Dubái, sus desafíos y alegrías. Me sentí honrado de ser parte de esa pequeña comunidad, aunque fuera por unas horas. La hospitalidad y la calidez con la que me recibieron me hicieron sentir como en casa, y me recordaron que, a pesar de las diferencias culturales, todos compartimos el mismo deseo de conexión y entendimiento.
En un mundo cada vez más globalizado, la tendencia de los viajes de experiencia y la inmersión cultural se ha vuelto crucial. Ya no se trata solo de visitar monumentos, sino de vivir el lugar, de integrarse y aprender. Esa tarde, en Dubái, sentí que cada viaje es una oportunidad para redescubrirnos, para aprender y para ser más empáticos. Viajar nos abre la mente y el corazón, nos permite ver la belleza en la diversidad y nos recuerda la importancia de las conexiones humanas. Cuando finalmente me despedí de Ahmed y su familia, me llevé más que recuerdos; me llevé una nueva perspectiva y una profunda gratitud por la experiencia vivida. Viajar, en su esencia más pura, es un acto de amor y aprendizaje. Y cada experiencia, cada persona que conocemos en el camino, nos ayuda a crecer y a entender mejor el mundo y a nosotros mismos.
