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¿El ocaso de la democracia?

Aldo Civico

03 de febrero de 2026 - 12:05 a. m.
“¿Qué vínculo emocional mantenemos hoy con la democracia? ¿Somos simples observadores o participantes activos en su defensa?”: Aldo Civico.
Foto: Mauricio Alvarado
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¿Qué vínculo emocional mantenemos hoy con la democracia? ¿Somos simples observadores o participantes activos en su defensa? Actualmente, existen estudios que indican un aumento en la desafección hacia la democracia entre los ciudadanos de naciones democráticas. La impresión general es que las democracias no son un sistema eficaz para abordar los problemas reales de las personas. Pero ¿qué podría suceder con nuestras libertades si consideramos la democracia como algo garantizado o, peor aún, prescindible?

En la historia de Occidente, más allá del ejemplo primordial de Grecia, las democracias modernas surgieron como resultado de la Revolución Francesa de 1789. Los valores de justicia, libertad y fraternidad se convirtieron en inspiración para los pueblos en su búsqueda de independencia. La democracia nace de luchas, revoluciones y movimientos de emancipación; surge como una resistencia contra los totalitarismos. Es una promesa frágil que merece sacrificio. Demandaba participación y compromiso. Desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX, los ciudadanos no eran meros espectadores: arriesgaban su propia vida para hacer realidad esta aspiración. La democracia justificaba incluso el martirio y generaba un profundo sentido de pertenencia.

Tras la Segunda Guerra Mundial, especialmente en Europa, la democracia dejó de ser solo una promesa y se transformó también en garantía. Democracia pasó a implicar un Estado social, derechos constitucionales, crecimiento económico e instituciones estables. Se consolidó como un sistema funcional del que la mayoría de los ciudadanos se beneficiaba. Gradualmente, se comenzó a ver como un orden adquirido que ya no requería una responsabilidad personal directa. Con el tiempo, sobre todo durante las décadas de los setenta y ochenta, la democracia se manifestó a través de estructuras burocráticas cada vez más complejas. Se generó un creciente abismo entre los centros de decisión y los ciudadanos. Aunque el ciudadano seguía votando, ya no sentía que realmente participara en las decisiones. La democracia se transformó en un procedimiento y dejó de ser una experiencia vivida.

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Con el auge del neoliberalismo en los años noventa, el ciudadano fue progresivamente reducido a un individuo competitivo, un sujeto de rendimiento. Se impusieron los dogmas de la eficiencia, la optimización y el consenso rápido. El conflicto se volvió un inconveniente; el disenso, ruido. A esto se unió la caída del Muro de Berlín, que convirtió a la democracia en el único sistema disponible y, por ende, en algo que ya no parecía necesario elegir ni defender. Con la expansión de las plataformas digitales, la participación hoy parece limitarse al “me gusta”, a las reacciones instantáneas y a la indignación pasajera.

Hoy en día, la democracia existe formalmente, pero no se siente ni se defiende. Sin embargo, ejemplos cercanos, como el de Venezuela, nos muestran con claridad lo que puede suceder cuando dejamos de sentir, vivir y luchar por la democracia: perdemos nuestras libertades. Y lo complejo que resulta recuperarlas.

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