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El traje y la piedra

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Hace unos días almorcé en Lima, frente al mar, con dos artistas peruanos de raíz inca, una madre y su hijo. Entre ceviche, lomo saltado e historias familiares, surgió una pregunta que me hizo reflexionar: ¿cómo adaptarnos al mundo sin perder lo que somos? Mis amigos me hablaron del santuario de Sinakara, durante la festividad del Qoyllur Rit’i, donde miles de peregrinos veneran una imagen de Cristo pintada sobre una roca. La piedra estaba allí antes que la imagen. Esa superposición permite pensar en lo que permanece mientras cambian las formas.

Como antropólogo, conozco la historia de la imposición religiosa que atraviesa estos encuentros. También me interesa la capacidad de los pueblos para preservar sus vínculos mediante nuevas expresiones. La devoción al Cristo convive con una relación profunda con la montaña. En Cusco, los españoles construyeron la iglesia de Santo Domingo sobre el Qorikancha, el templo inca del Sol. Cuando el terremoto de 1950 sacudió la ciudad, la construcción colonial sufrió graves daños. Los muros incas resistieron.

Todos cambiamos de traje. El ejecutivo que asume otro cargo aprende nuevos códigos. Quien emigra adapta sus palabras y sus gestos. Yo fui periodista en Europa, me hice antropólogo en Nueva York y acompañé procesos de paz en Colombia. Hoy escribo en una lengua distinta de la que aprendí de niño. Esos cambios me han enriquecido. Por eso desconfío de una autenticidad que nos obligue a permanecer iguales. A veces, decir que somos así se convierte en una excusa para dejar de aprender. La dificultad comienza cuando adaptarnos exige silenciar lo que pensamos, esconder lo que deseamos o vivir pendientes de la aprobación. Entonces, el traje empieza a convertirse en una máscara.

A los 38 años pasé una noche mirando el techo, incapaz de dormir. Era exitoso, pero no estaba contento con mi éxito. Me cansaba de actuar para ser aceptado. Me levanté y, aunque no sé dibujar, me dibujé desnudo, sentado en un sofá, con un montón de máscaras a mis pies. Aquel dibujo no resolvió mi vida, pero me permitió reconocer cuánto de ella había organizado en torno a las expectativas ajenas. Desde entonces, procuro preguntarme si me reconozco en mis decisiones. Si puedo firmar lo que hago. Si las personas que me rodean conocen algo más sobre mi personaje.

Nuestra piedra tampoco está terminada. Las convicciones maduran, aprendemos otras maneras de amar y descubrimos capacidades que ignorábamos. Ser fiel a uno mismo requiere escucharse y aceptar que el crecimiento transforma lo que creíamos esencial. Quizá por eso necesitamos lugares y relaciones donde podamos descansar de la obligación de demostrar. Una caminata, el silencio, alguien ante quien podamos mostrarnos sin ensayar. Todavía no conozco Cusco. Cuando vaya, quiero detenerme frente a esos muros y preguntarme qué sostiene mi vida cuando tiembla lo que he construido. Mientras tanto, la pregunta sigue abierta: de todo lo que hoy defendemos, ¿qué es traje y qué es piedra?

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