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Cuando salí del cine, todavía podía escuchar de fondo la música y la voz del rey del rock, quien hizo bailar y soñar a la generación de mis padres; entonces, se presentó en mi mente una frase que le escuché a Tony Robbins en un evento en Palm Beach, hace algunos años: “El éxito sin felicidad es el fracaso más rotundo”. Después de haber visto la película Elvis, agregaría que lo es también el éxito sin libertad. De acuerdo con la interpretación que el director Baz Luhrmann (Romeo + Juliet, Moulin Rouge, The Great Gatsby) hace de la vida de Elvis Presley, él lograba ser feliz únicamente cuando su espíritu volvía a unirse con el del rhythm and blues que conoció durante su infancia, transcurrida en la pobreza, en un barrio poblado por negros en el sur segregado de Estados Unidos. Por lo demás, pasó su existencia entre el purgatorio y el infierno, víctima de un éxito sin libertad, en una soledad abismal, hasta que su corazón dejó de latir el 16 de agosto de 1977, a los 42 años.
La película cubre el lapso de tres décadas, desde los años 50, cuando Elvis se impuso como el ídolo de una generación ansiosa por romper las reglas y vivir nuevas experiencias, hasta los 70, época del ocaso de Presley, mientras que en el mundo emergieron el glam rock de David Bowie y la música disco de Donna Summer. Fueron décadas de una profunda transformación social y cultural, marcadas por el progreso de los derechos civiles, los asesinatos de los hermanos Kennedy y Martin Luther King Jr., y la guerra en Vietnam. Décadas en las que Elvis Presley se convirtió en el ícono de un estilo de vida libre de condicionamientos. Esto era lo que el mito de Elvis representaba.
Es precisamente este conflicto entre libertad y condicionamiento lo que rige el argumento de la película, que nos revela, gracias a la impecable actuación de Austin Butler, a un Elvis más allá del mito. Accedemos a su humanidad y quizás hasta su dimensión espiritual, al ser testigos del intento permanente de defender su autenticidad y no sucumbir a las exigencias de la industria del entretenimiento. De hecho, esta historia está narrada desde el punto de vista del coronel Parker, quien fue el mánager de Presley y el creador del fenómeno Elvis. Magistralmente interpretado por Tom Hanks, el coronel Parker fue un hombre dominado por su sombra, quien resultó ser un personaje hábil, manipulador, estafador y abusivo; alguien que fomentó una relación simbiótica y de codependencia con Elvis, donde finalmente los dos se necesitaban y utilizaban mutuamente. El éxito terminó por quitarle a Elvis la libertad y la rebeldía que él inspiraba en sus fans, que solo lograba sentir cuando se subía a un escenario. Los famosos movimientos de su pelvis y rodillas, expresión de un trance musical que hizo delirar a una generación de mujeres, nos recuerda que al fin y al cabo lo fundamental es no perder la conexión con nuestro espíritu salvaje y originario. Cuando lo logramos, es posible el éxito con felicidad y libertad.
