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Hoy les quiero traer una historia desde lejos, desde mi país de origen, Italia. Es una historia que en estos días ha conmovido y sacudido al pueblo de esta península mediterránea. Se trata de una escritora que con su pensamiento riguroso y su franqueza, incomodó a los tradicionalistas, cuestionando la exclusividad de formas tradicionales de ser familia. Lo hizo desde una profunda honestidad intelectual, con rigurosidad semántica, radicando sus argumentos en conocimientos profundos. Ella era Michela Murgia y la semana pasada, a los 51 años, falleció por un cáncer que se la llevó en pocos meses. Murió sin nunca perder su sonrisa magnética.
Las ideas que profesamos tienen una raíz en nuestra biografía. Así fue también para Murgia. Nació en una familia con un padre abusivo, un padre, como dijo ella, que traicionó su responsabilidad. Por eso, a los 18 años, eligió quedarse a vivir con sus tíos, después de otra explosión de violencia en su casa. Fue el momento cuando eligió a otra familia, otros padres, y cuando se convirtió, según ella, en una “hija del alma”. La experiencia de haber tenido dos madres y que otros hombres asumieran el rol de padre llevó a Michela Murgia a entender que además de la familia heteronormativa existen otras formas de vínculos amorosos. Existe la familia queer que, en lugar de ser una institución más, es la posibilidad de amar más, es decir, de expandir los límites del corazón a un mayor número de personas, de transformarlo en un jardín donde es posible cultivar una variedad de flores, sin dejarse limitar por la exclusividad de relaciones de sangre o de formas sancionadas por el Estado que sigue legitimando y legalizando una sola forma de amar y convivir.
La familia queer se volvió experiencia para Murgia. Le gustaba definir a su familia como “híbrida”, porque era una comunidad de personas que eligieron amarse y de la cual hacían parte sus cuatro hijos del alma. Es una manera que radica en el ius voluntatis, en el derecho de la voluntad. Es la posibilidad de compartir los pesos que a veces la vida impone, sobre todo en una sociedad donde estamos cada vez más solos para enfrentar las dificultades. Pienso, por ejemplo, en muchas de mis amigas que, después de un divorcio, se quedaron con todo el peso de criar a los hijos. A veces es casi insoportable. ¿Por qué, por ejemplo, no crear modalidades de ser copadres, teniendo hijos e hijas del alma?
El mundo está cambiando rápidamente y presenta nuevos desafíos y oportunidades. ¿Por qué no deberían cambiar y adecuarse a las necesidades y las características de la sociedad contemporánea también las modalidades del amor? ¿Por qué no reconocer, también legalmente, que el amor, elegido en libertad y voluntad, es capaz de generar múltiples realidades que hacen felices a las personas? ¿Por qué, en lugar de encajar en formas preestablecidas por la tradición, no permitir que el amor cree formas más adecuadas a las condiciones, necesidades y deseos de las personas?
