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Felicidad

Aldo Civico

03 de abril de 2023 - 09:05 p. m.

¿Cuál es el país más feliz del mundo? Hace algunos días las Naciones Unidas publicaron el “Informe mundial de la felicidad”. Por sexto año consecutivo, Finlandia fue designada como la ganadora absoluta. ¿La razón? Buenos niveles de libertad y bienestar, alta calidad de sus servicios, un Estado de derecho confiable y bajos índices de violencia. (Colombia está en el puesto 72 en los niveles de felicidad, un poco mejor que Venezuela, pero peor que Honduras y El Salvador). Lograr ser un país más feliz debería ser un propósito transformador masivo digno de perseguir.

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La publicación del informe nos invita a preguntarnos sobre la felicidad y su sostenibilidad. Considero que no se puede separar la felicidad de un nivel de bienestar económico. En todo caso, nos inspiran personas que en la vida han logrado un buen nivel de tranquilidad y libertad económica. Negar eso es pecar por un exceso de moralismo o hipocresía. De hecho, nadie declara como inspiradora la vida de los pobres, empezando por ellos mismos. Nietzsche identificaba la exaltación de la pobreza, en la que la religión se deleita, como la expresión de una moral del resentimiento; cuando la riqueza no es alcanzable, se glorifica su negación, es decir, la pobreza.

Por otro lado, la riqueza por sí sola no garantiza la felicidad. En esto creía el mismo Adam Smith, autor de aquel homenaje al capitalismo que es La riqueza de las naciones. En una obra distinta y menos conocida, La teoría de los sentimientos morales, el padre del capitalismo expone que si bien es cierto que el interés propio condiciona la elección de los individuos, el comportamiento desinteresado sigue siendo común. Es decir, la felicidad radica en la capacidad de ser amables, volviéndonos dignos de ser amados por nuestros comportamientos, que son fuente de respeto y honor. Por eso, escribe Smith, en lugar de ser rico y famoso, es mejor ser sabio y virtuoso. En el padre del capitalismo encontramos entonces un eco de Aristóteles, para quien la felicidad es la práctica de la virtud. La felicidad es actividad, decía el filósofo griego.

Quizás la experiencia del hijo del multimillonario Warren Buffett ilustra bien lo que quiero decir. En sus memorias, Peter Buffett cuenta cómo decidió, cuando era un estudiante universitario, trabajar como músico. Por eso, vendió su herencia correspondiente a 90.000 dólares en acciones de Berkshire Hathaway. Hoy, casi 40 años después, las acciones valdrían 100 millones de dólares. Pero Peter Buffett no se ha arrepentido de renunciar a una ganancia tan grande; en cambio, disfruta de una vida como músico. “Estoy haciendo algo que amo, algo que he elegido para mí, y no lo haría de otra manera”, escribe en Life Is What You Make It (La vida es lo que tú haces de ella). En la capacidad de darle un significado a la propia existencia, y no en una ambición desenfrenada, está la fuente de la felicidad. Dicho de otra manera, la felicidad es la causa del éxito y no al revés.

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