La recepcionista del Hotel Marquee desliza su dedo índice por la pantalla de la computadora. Cuando encuentra mi reserva, me sonríe y me invita a seguirla hacia el ascensor, que baja unos niveles. Cuando las puertas se abren me encuentro en otra dimensión, el Z Bar: un elegante, exclusivo, íntimo club de jazz en el corazón de Medellín, una gema oculta. Me siento en una esquina, me traen un cóctel a base de ron, unas tapas y me dejo llevar por las improvisaciones asombrosas de Los Músicos de Fondo y la voz poética de Bella Álvarez. Ya no sé si estoy en Medellín, Nueva York o París. El jazz tiene la magia de colapsar en una sola dimensión distintos niveles de espacio, tiempo y experiencias.
Cierro los ojos y de repente vuelvo a sentirme niño, recuerdo que los domingos, antes de ir a la misa, mi papá nos despertaba, a mi hermano Mattia y a mí, poniendo un vinilo de jazz. Su colección ocupaba un lugar central en la librería de la casa, junto a la de música clásica. Fue entonces, desde temprana edad, que comencé a apreciar los ritmos del jazz que mis oídos interpretaban como alegres y esperanzadores. Recuerdo sobre todo que me gustaba When the Saints Go Marching In. Solamente muchos años después pude entender la fuerza de sus profundas letras. “Ahora algunos dicen, algunos dicen que este mundo de problemas / Es el único mundo que veremos / Pero estoy esperando esa mañana / Cuando se revele el nuevo mundo”. Unas décadas más tarde, cuando era profesor en Columbia University, frecuentaba con algunos amigos el St. Nick’s Jazz Pub en Harlem, también un lugar pequeño e íntimo, situado en el sótano de un antiguo edificio, donde habían tocado Miles Davis y Charlie Parker. Hace algunos años un violento incendio lastimosamente destruyó este sitio histórico.
Fue gracias al jazz que aprendí sobre el destino de una porción importante de la humanidad que, por el color de su piel y origen geográfico, fue esclavizada en nombre del progreso y de la modernidad. Que este mismo pueblo había reconquistado la libertad y aun así sigue padeciendo marginalización y discriminación. Fue escuchando jazz que aprendí sobre Nelson Mandela y Martin Luther King Jr., dos líderes que me inspiraron por su coraje y visión. Yo los comparaba con el abuelo materno que nunca conocí y que en su juventud lideró en Austria la resistencia armada en contra de Hitler. La libertad es un anhelo irreprimible, un gen inscrito profundamente en la esencia de quienes somos una mota del universo.
El jazz logra despertar esta dimensión en nosotros, liberándonos de todo condicionamiento e invitándonos a reconectarnos con nuestro origen de libertad. ¿No debería ser este, paradójicamente, el sentido de la historia y su dirección, llegar a una libertad total? ¿No es este acaso el futuro que quiere emerger? En su origen, el jazz profetizó la modernidad y una era de nuevas libertades. Por eso sus sonidos y ritmos transmiten optimismo y esperanza. Como lo interpretó la gran escritora afroamericana Toni Morrison, el jazz expresa un pasado que puede perseguirnos, pero no atraparnos. De hecho, la llamada “era del jazz” en Estados Unidos salió de los límites de Harlem y Nueva Orleans, para influenciar la cultura de toda una nación. Se volvió una expresión vital de invención, improvisación, originalidad, cambio: dimensiones que hoy también necesitamos.
El ascensor me lleva nuevamente a la realidad de todos los días. Es medianoche. Camino un rato por las calles llenas de rumba y desorden. Pero siento en mí, mientras espero el nuevo día, los ritmos de la libertad.