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La semana pasada, cuando escuché de la huelga de hambre iniciada por los presos de las Farc, no pensé ni en Gandhi ni en Martin Luther King. Más bien, pensé en la huelga de hambre de los Republicanos de Irlanda del Norte, que representó un hito en la historia de ese país.
La huelga de hambre de 1981 contribuyó de manera fundamental a la transformación del IRA. En un principio, los presos habían rechazado los uniformes de prisión y manchado las paredes de sus celdas con sus propios excrementos. Después, y desafiando la opinión de sus líderes, ayunaron hasta la muerte. Diez miembros del IRA, entre ellos el famoso Bobby Sands, murieron. La huelga de hambre sentó la base para el subsiguiente respaldo popular del Sinn Fein, que fue el movimiento político del IRA.
Los presos del IRA fueron radicales en sus métodos y determinados en sus peticiones. Se negaron a ser etiquetados como criminales o terroristas y exigieron al gobierno británico el reconocimiento de su estatus político. En la mente de los presos la huelga de hambre fue un acto de insurrección en el que utilizaron sus cuerpos como armas. Fue una campaña política que convirtió a las cárceles en el centro político del movimiento republicano. Años después, fue en la cárcel en donde el IRA maduró la decisión de renunciar a la violencia y negoció la paz.
Ahora, no creo que los de las Farc en huelga de hambre tengan la determinación de los Republicanos de Irlanda del Norte. No creo que sean conscientes del poder de una forma tan radical de protesta. La huelga podría terminar dentro de pocos días. Pero no por eso hay que tomar a la ligera lo que está sucediendo.
De hecho, los presos de las Farc no solamente están llamando la atención sobre las deplorables condiciones humanas de su detención. También están comunicando su frustración hacia los líderes de las Farc, que parecen haber abandonado a su destino a sus propios prisioneros. Así en la huelga de hambre se podría reconocer la semilla de una iniciativa política sin precedentes.
Hoy en día hay alrededor de 800 miembros irreducibles de las Farc en la cárcel. Es un número significativo, y una huelga de hambre puede dar rienda suelta a las emociones y a las acciones que pueden extenderse más allá de las barras de la celda de prisión. Podría, por ejemplo, galvanizar a los jóvenes de las Farc que están activos en las áreas urbanas y en las universidades. Y no hay que subestimar el hecho de que los presos de las Farc ya han encontrado su portavoz en Piedad Córdoba, quien contra vientos y mareas ha demostrado la capacidad de producir resultados.
Sólo el tiempo dirá si la huelga de hambre de los presos de las Farc es una táctica de corto aliento o es la expresión de una estrategia más significativa. Pero, como en el caso de la ETA y el IRA, sería interesante que las cárceles de Colombia, por iniciativa de los presos, se convirtieran en un espacio privilegiado desde el cual ingeniar el cambio de la guerra a la paz. La imposibilidad de un acuerdo humanitario los podría motivar.
