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Eran los años 70, cuando la música disco aún estaba de moda. En el ambiente underground del East Village en Nueva York se empezaba a respirar algo muy distinto. En el CBGB, un local de conciertos, estaban emergiendo nuevos artistas como Patti Smith, Talking Heads y Blondie, los pioneros del fenómeno punk. Esta nueva ola proponía una estética distinta, austera, agresiva, que en Londres llamó la atención del productor Malcolm McLaren y de su novia, Vivienne Westwood. Muy pronto Westwood se convirtió en la diosa del punk y volvió moda el antisistema, dándole una expresión visual. Cómo escribe el crítico de moda Vicente Gallar, “para Vivienne todo lo considerado feo era idóneo para confeccionar prendas que se inspiraban en el fetichismo sexual y la estética militar a partes iguales”. Esvásticas, imperdibles, cuero, látex, vinilo, botas Dr. Martens, lencería de sex shop, tacones de aguja, medias rotas, cinturones y gargantillas con tachuela; una moda provocadora para una juventud nihilista. Mientras tanto, McLaren creó el grupo Sex Pistols, cuyos miembros fueron vestidos por Westwood.
En los años 80, a partir de su colección Pirates (la primera que se mostró en la semana de la moda de Londres), celebró una estética dandy que presagiaba la androginia glamorosa no solo de los nuevos románticos (representados en la música por grupos musicales como Duran Duran y Spandau Ballet), sino también de Harry Styles. Fue una innovadora y probablemente la diseñadora británica más influyente del siglo XX. El diseñador inglés Jasper Conran una vez dijo de ella: “Vivienne lo hace y otros la siguen”.
Al mismo tiempo fue también percibida como una excéntrica chiflada por sus críticas contra el consumismo y el capitalismo. Fue una iconoclasta. En 1989, por ejemplo, apareció en la portada de Tatler personificando misteriosamente a Margaret Thatcher, vestida con un traje que la entonces primera ministra había encargado, pero que aún no había recogido. El titular: “Esta mujer fue una vez una punk”. Vivienne Westwood se mantuvo fiel a su esencia hasta el final de sus días, hace un par de semanas; murió a los 81 años. Amaba decir: “La ortodoxia es el cementerio de la inteligencia”.
Siempre fue una rebelde con causa. Desde los albores de este siglo, cuando el término upcycling aún no estaba acuñado, Vivienne Westwood ya lo practicaba. Le gustaba crear otras prendas con lo que sobraba de sus colecciones y que vendía en su tienda fuera de temporada porque no le gustaba conformarse con el ciclo tradicional de la moda. Dedicó los últimos años de su vida más al activismo político que a los vestidos, es decir, a los temas que para ella eran vitales para la sobrevivencia de la especie humana. Fue una original y quizás en esto está su legado para todos nosotros: una invitación a escribir nuestro propio guion de vida, sin ceder al conformismo de las modas, resolviendo la vida por nosotros mismos.
