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Hace unos días conversé con un grupo de gerentes del Renaissance Executive Forum sobre el desafío que define nuestra época. No es la tecnología en sí, sino la velocidad de su desarrollo: tan rápida que siempre supera nuestra capacidad de adaptación. La innovación avanza de forma exponencial, mientras que el desarrollo de la conciencia humana sigue siendo orgánico y lineal.
Durante siglos, la cultura se transmitió de mayores a jóvenes; hoy ocurre lo contrario. Lo veo en mi familia: mi sobrino le arregla el computador a mi papá; mis padres, en Italia, me piden que les enseñe a usar ChatGPT. La brecha entre la tecnología y la adaptabilidad humana seguirá creciendo; el reto es que no se convierta en una vorágine. Eso exige cultivar una inteligencia de la que casi no hablamos: la espiritual. La palabra genera resistencia porque suena a incienso, a autoayuda, pero no es religiosidad ni esoterismo. El filósofo Francesc Torralba la define como la capacidad humana de buscar sentido, tomar distancia de uno mismo, trascender el ego y abrirse a las preguntas últimas: quién soy, para qué vivo, qué merece mi entrega. Es una dimensión universal: un ateo puede tenerla muy desarrollada; un devoto, atrofiada.
Cada inteligencia responde a una pregunta distinta. La cognitiva responde: ¿qué es verdad? Analizar, resolver problemas, construir estrategia. La emocional responde: ¿qué estoy sintiendo? Regular emociones, crear vínculos, liderar personas. Pero ninguna responde la pregunta decisiva: ¿qué merece realmente mi vida? Se puede analizar impecablemente una opción que no merece ser elegida. Ambas pueden ponerse al servicio de lo que Thomas Merton llamaba el “falso yo”. Un ego brillante sigue siendo un ego y un ego empático también.
Solo la inteligencia espiritual puede mirar al ego desde afuera. No es una tercera habilidad, sino la que decide desde dónde se usan las otras dos. Y nunca fue tan urgente. Vivimos, señala Byung-Chul Han, en una época cuyo problema no es la falta de información, sino el exceso de estímulos. No ataca la capacidad de saber, sino la de discernir qué merece atención. La inteligencia artificial responde cada vez mejor a las preguntas, pero no puede decidir qué preguntas vale la pena hacerse. La IA optimiza, pero no orienta. Calcula, sin embargo, no discierne. Cuanto más se automatiza la respuesta, más valiosa se vuelve la pregunta.
¿Cómo se desarrolla, entonces, la inteligencia espiritual? No se trata de un método. Si la inteligencia cognitiva se entrena y la emocional se educa, la espiritual se madura; y madurar no es acumular, sino soltar. La tradición contemplativa señala caminos como el silencio, el examen del día, el asombro y la desidentificación con aquello que no somos: el cargo, los resultados, la opinión ajena. El burnout, la ansiedad y la pérdida de sentido que atraviesan nuestra sociedad no son fallos técnicos, sino síntomas de una conciencia que no logra seguir el ritmo. La pregunta incómoda no es si tenemos inteligencia espiritual. ¿Qué inteligencia está tomando, ahora mismo, nuestras decisiones?
