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La libertad, una evolución perpetua

Aldo Civico

05 de mayo de 2026 - 12:05 a. m.

No tenemos que dar la libertad por sentado. No es una condición adquirida por siempre. Por lo contrario, es un bien que podemos perder rápidamente. Tampoco es un estado perfecto. Es un camino evolutivo. Hay quienes gozan de más libertad que otros y no hablo solo de libertad económica. Hablo sobre todo de las condiciones que permiten el pleno desarrollo del potencial humano de cada miembro de la sociedad. En Italia hace unos días se celebró la Fiesta de la Liberación. Desde 1946, cada 25 abril, se conmemora el fin del fascismo y el surgimiento de la libertad. Una fiesta que recuerda cómo, gracias al sacrificio de muchos que se rebelaron contra el fascismo de Mussolini, se pasó de la noche al amanecer. Fue también el año en que, finalmente, las mujeres pudieron ir a las urnas y votar. De esta manera, se reconoció su aporte a la resistencia.

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Para mí y mi familia, es también la celebración de la memoria de mi abuelo, Hubert Saurwein, quien, en los valles del Tirol, en Austria, organizó y lideró el movimiento partisano. La noche del 30 de abril, en una pequeña iglesia, organizó la reunión clandestina decisiva para liberar el valle de Oetz. El primero de mayo comenzó la rendición de las tropas nazis de las SS. Cuando llegaron las fuerzas aliadas, Oetz ya estaba liberado. En una habitación de hotel, mi abuelo entregó a los aliados al general de las SS. Después de muchos sacrificios, la libertad fue restaurada.

La historia de mi abuelo me recuerda que no hay que dar por sentada la libertad. Que no es un estado permanente, tampoco es un estado de perfección. Hay muchos espacios donde la libertad es restringida, mutilada, humillada. Muchas veces, hoy, la libertad es interpretada de forma parcial. La libertad de unos se promueve a expensas de otros; la condición de mi libertad es la cancelación del otro. Esto, en realidad, no es libertad, sino otro nombre del fascismo. No hay libertad donde se niega el pluralismo. Tampoco la hay cuando se definen la identidad, la nación, la cultura o la religión en términos excluyentes, negando la relación y la posibilidad de integración con el otro.

La libertad es, necesariamente, reconocimiento, apreciación y relación con la alteridad. Cuando hay verdadera libertad, la presencia del otro no se percibe como una amenaza ni como un obstáculo. Por el contrario, la alteridad es constitutiva de la libertad. Por eso, cuando el otro solo se define como enemigo, como peligro o como anomalía, y cuando la libertad se concibe como la ausencia del otro, estamos ante brotes de fascismo. La verdadera libertad se alimenta del pluralismo; no promueve el pensamiento único. Por eso. La promoción de la libertad es necesariamente un proceso perpetuo. Un devenir perpetuo.

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