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29 Nov 2022 - 5:30 a. m.

Lentamente

Cuando suena el celular a mitad del día y es un familiar de Europa quien llama, sé que es embajador de un funesto mensaje. Por eso siempre respondo, con voz alegre, como para darme coraje. Como cuando me llamó mi hermano para decirme que mi papá se había caído por las escaleras rompiéndose una vértebra del cuello (accidente del cual se recuperó). O cuando mi papá me llamó para decirme que mi mamá tuvo que ser operada urgentemente por un bloqueo intestinal. El celular sonó el jueves y esta vez fue mi mamá quien me anunció que el corazón de mi tío Erich, de 84 años, es cada día más débil y no se va a recuperar. “Uno de estos días dejará de latir y tu tío se dormirá”, me dijo con voz conmovida.

Terminé la llamada y unas lágrimas bajaron por mis mejillas. Imaginé a mi tío acostado en la cama, demacrado. ¿Qué estará pensando? ¿Cómo estará viviendo este momento? La vida es un despojo progresivo hasta que solo queda de nosotros la liviandad de nuestro espíritu, pensé. Me senté en el balcón, la mirada enfocada en el filo de la montaña, donde cielo y tierra parecen tocarse. De repente sentí que nada tenía sentido. Cada actividad, plan y deseo me parecieron superfluos. La importancia que damos a nuestras ambiciones, ridícula. ¿Para qué afanarse?, me pregunté. ¿Para qué correr hacia el próximo instante, hacia un futuro incierto y que aún no tenemos en las manos, en lugar de aprovechar el presente?

Respiré profundamente y me sequé las mejillas con las yemas de mis dedos. En aquel momento me volví consciente de que mi corazón todavía latía. Puse la palma de mi mano derecha sobre mi pecho. Quería sentir su fuerza, grandeza, resiliencia. Me acordé de una conversación que tuve recientemente con Carl Honoré, autor del libro Elogio de la lentitud, que se volvió la biblia del slow movement, aquella iniciativa que invita a vivir con adagio. “La lentitud es un superpoder”, me dijo Honoré. “Se trata de un estado de ánimo que permite vivir plenamente el presente”, agregó. Siendo la muerte nuestro destino ineludible, ¿no debería su pensamiento ayudarnos a vivir lentamente?

Porque la lentitud finalmente no es nada más que la capacidad de disfrutar el aquí y el ahora. Es vivir plenamente, conscientes de lo que sentimos. En el presente nuestros sentidos están abiertos y despiertos. Así es posible interrumpir el subidón de adrenalina que con el tiempo nos consume, nos enferma y nos lleva al agotamiento; incluso acelera nuestro fin. ¿Por qué esperar a que algo nos pase o a estar acostados en nuestro lecho de muerte para darnos cuenta de la importancia de vivir adagio? Por el contrario, vivir con lentitud permite dar un propósito a nuestros días, interponer una pausa entre estímulo y respuesta, reflexionar y tomar decisiones bien pensadas. Incluso mejora nuestra productividad, como me dijo Honoré. No se trata de convertirse en un dalai lama; se trata de disfrutar la vida, hasta el último latido de nuestro corazón.

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