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Occidente, entre soberanía y nostalgia

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Aldo Civico
17 de febrero de 2026 - 05:05 a. m.
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Escuchar al secretario de Estado, Marco Rubio, en la conferencia sobre seguridad en Múnich, fue más parecido a presenciar una ceremonia que a una charla, un debate o una rueda de prensa. Su discurso estuvo impregnado de invocaciones, genealogías y fechas que resonaban como reliquias. La Guerra Fría, la Segunda Guerra Mundial, la caída del Muro. Era como la recitación de un viacrucis triunfante. Se sentía como un acto litúrgico. En efecto, Rubio presentó a Occidente como un ente colectivo, cercado y luego redimido por su propia fuerza.

Sin embargo, cuando una civilización se siente obligada a reiterar su grandeza con tal fervor, algo se tambalea en su interior. Se habla de decadencia, de complacencia, de una pérdida de energía moral. Se menciona un malestar difuso. El tono evoca a alguien que teme no tanto al enemigo, sino al vacío. Es el poder que recurre a la memoria heroica cuando el presente se torna opaco. El imperio fatigado que busca en la épica una transfusión de vitalidad. Paradójicamente, la decadencia se convierte en su propio combustible.

Luego entran en juego las fronteras. La migración es vista como una fractura ontológica y la soberanía se alza como el último refugio. Las fronteras se transforman en dispositivos inmunológicos que definen el interior frente al exterior. De hecho, una esfera segura no necesita recordarse constantemente dónde termina. Solo cuando el interior pierde su densidad simbólica, el límite se convierte en un fetiche. Así, la cultura occidental se presenta como una colección armónica: Mozart, Shakespeare, Da Vinci, Dante, la Capilla Sixtina y los Beatles forman una colección armónica. La cultura es vista como una espuma protectora. Pero toda esfera cultural es histórica, conflictiva y atravesada por tensiones internas. Por ende, al purificar el pasado, no se lo fortalece, sino que se lo simplifica. Y la simplificación es una forma de empobrecimiento.

No obstante, las esferas no se regeneran a través de la exaltación, sino que requieren un cultivo interno. Necesitan espacios de resonancia, no solo de movimiento. El discurso de Rubio es, en esencia, una operación inmunológica: se trata de fortalecer las membranas ante un entorno percibido como hostil. La cuestión es si esa estrategia genera densidad o simplemente tensión. Las civilizaciones no se desmoronan únicamente por agresiones externas; también lo hacen cuando pierden la capacidad de respirar en su interior. La verdadera fortaleza no consiste en endurecer los límites, sino en profundizar en el interior. En una época obsesionada con la velocidad, quizá la tarea más desafiante —y urgente— sea reconstruir esferas habitables donde la identidad no necesite alzar la voz para existir.

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Felipe Cox(18091)18 de febrero de 2026 - 02:30 a. m.
Estuvo bien Aldo con esta. Entre lo figurativo y la referencia histórica plasma una reflexión interesante sobre el ser/estar de las naciones occidentales eurocentristas
Alberto Rincón Cerón(3788)18 de febrero de 2026 - 12:31 a. m.
Muy buena.
Cordillerano(64187)17 de febrero de 2026 - 07:27 p. m.
Ya extrañamos las referencias de sus viajes, las ciudades desde donde escribe sus artículos, el refinado restaurante y exquisito menú ... y eso que no mencionó su nativo idioma y ancestros italianos ...
Norma Enríquez(12580)17 de febrero de 2026 - 05:28 p. m.
Excelente reflexión. Gracias
Atenas (06773)17 de febrero de 2026 - 03:06 p. m.
Aldo, ¿esta?, literaria/ una columna bien confeccionada por parte de quien se ha ilustrado, en esencia, en el vasto conocimiento y rica historia de Europa, y conforme corrían los tiempos de cuando pa ellos todos los demás éramos los otros, u otredad q’ llaman, y tener colonias era moneda corriente. Mas hoy, todavía con USA como máxima potencia militar, económica, en ciencia….., más me fío de su pragmatismo, de su sentido de lo concreto y hago a un lado el necio idealismo.Atenas
  • Gines de Pasamonte(86371)17 de febrero de 2026 - 03:55 p. m.
    ¡Qué cosa tan mal escrita, atenitas! ¡En tu línea, por supuesto! Tarea: ¡Volver a leer el comentarete, ojalá en voz alta, mínimo unas cien veces! ¡Plop! No aprendes, y eso que vives “colgado(a) de mis comentarios. ¡Los mismos lugares comunes de siempre! Quousque tandem abutere, atenitas, patientia nostra? Mejor toca la campana en el geriátrico, ya sabes. ¡Qué pesar!
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