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¿Qué destino para Colombia?

Aldo Civico

03 de marzo de 2026 - 12:05 a. m.

El próximo domingo, cuando millones de colombianos se dirijan a las urnas para elegir a sus congresistas y participar en las consultas de sus partidos, no estarán realizando simplemente un ejercicio cívico. Estarán, de manera consciente o inconsciente, respondiendo a una cuestión más profunda: ¿quiénes deseamos ser? No soy colombiano, y por ello deseo ser cauteloso con mis palabras. He manifestado públicamente que opté por no votar en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, el país donde también tengo raíces. No lo hice por desinterés, sino por una convicción personal sobre mi papel en esa conversación. Cada persona debe encontrar su propia manera de participar en la democracia con sinceridad. Sin embargo, lo que no puedo hacer es permanecer en silencio frente a lo que observo en Colombia, un país que he aprendido a querer durante veinticinco años.

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Y lo que veo es esto: Colombia es un país bueno. No lo afirmo como un eslogan ni como un consuelo fácil ante las noticias que inundan los medios. Lo digo como una observación respaldada por el tiempo, construida a partir de conversaciones en barrios populares, en áreas remotas, en universidades y empresas. La bondad no es sinónimo de ingenuidad; es una forma de resistencia. Es el tejido que ha evitado que este país se desmorone por completo en sus momentos más oscuros.

No obstante, la bondad necesita dirección. Debe manifestarse. Y en democracia, una de sus manifestaciones más concretas es el voto. El próximo domingo, el voto para el Congreso y las consultas partidistas abrirán una ventana de participación que precede a las grandes decisiones electorales que se aproximan. No son un trámite insignificante. Es el momento en que los ciudadanos indican a sus movimientos políticos quién debe guiarlos, qué imagen desean proyectar al país. Participar en este proceso es tener influencia antes de que se tomen decisiones, antes de que se hagan acuerdos en los pasillos y las opciones se limiten.

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Hay una trampa en la que caen las sociedades fatigadas: creer que todos los políticos son iguales, que el sistema carece de fisuras por donde incursionar, que la abstención es una forma de dignidad. Comprendo esa tentación. Pero en Colombia, abstenerse no equivale a ser neutral; es ceder terreno a quienes ya poseen estructura, clientela y recursos para movilizar votos sin necesidad de convencer a nadie. El orgullo por el propio país —ese orgullo saludable que no ignora los problemas pero tampoco se rinde ante ellos— exige más que un amor en privado. Exige presencia. Exige que esa convicción de que Colombia es buena, de que su gente merece un congreso a su altura, se traduzca en algo tan sencillo y tan poderoso como dirigirse a una urna.

Colombia no carece de energía cívica. La he visto en sus plazas, en sus jóvenes, en comunidades que han reconstruido la vida donde otros solo veían ruinas. Esa energía merece un cauce. El próximo domingo, ese cauce tiene un nombre: se llama voto. Y está esperando.

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