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Reconstruir el país desde la solidaridad

Aldo Civico

18 de agosto de 2026 - 12:05 a. m.
“Ante la tragedia colectiva que vivimos, somos capaces de suspender nuestras diferencias”: Aldo Civico.
Foto: Mauricio Alvarado Lozada
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Una vez más, un desastre natural nos vuelve conscientes de nuestra fragilidad y del carácter efímero de nuestra existencia. El terremoto que sacudió al país hace una semana también hizo temblar nuestras certezas. Pero cuando nuestras vidas tiemblan, no emergen solamente el miedo, la ansiedad, la incertidumbre. También, desde nuestra vulnerabilidad, surge un nuevo espíritu vital que crea lazos de compasión y solidaridad. Nos miramos de manera distinta, nos relacionamos de forma diferente, al descubrir nuevamente que compartimos la misma humanidad, que nos necesitamos. Estamos experimentando que construir país es abrazarnos, no mantener los brazos cruzados. Se cae la ilusión de la autosuficiencia.

Ante la tragedia colectiva que vivimos, somos capaces de suspender nuestras diferencias. No nos relacionamos desde la confrontación, sino desde la solidaridad. Nos volvimos conscientes de un todo que trasciende e integra nuestras diferencias. Descubrimos que la solidaridad es una fuerza vital mucho más efectiva y rápida para construir país que la confrontación. El dolor nos hace vulnerables y, a su vez, la vulnerabilidad compartida nos vincula mediante la solidaridad. “Nos encontramos en el dolor”, me dice una amiga muchas veces.

El dolor compartido despierta lo mejor de una sociedad. La socióloga Rebecca Solnit ha estudiado qué ocurre en las sociedades afectadas por desastres naturales. Ha estudiado los terremotos de San Francisco de 1906 y de la Ciudad de México de 1985, el del 11 de setiembre en Nueva York, el huracán Katrina y otros desastres. En su libro A Paradise Built in Hell habla de las comunidades extraordinarias que nacen tras una catástrofe. Emerge un mundo que contradice el imaginario hobbesiano según el cual, cuando desaparece el orden, las personas se vuelven egoístas y violentas y luchan unas contra otras. En su lugar, aparece una comunidad. Se hace así manifiesto lo que, por lo general, permanece latente. Un desastre revela quiénes podemos ser.

Después de todo, Émile Durkheim ya había observado que existen momentos extraordinarios en los que las personas dejan de experimentarse exclusivamente como individuos y sienten que pertenecen a algo mayor. Descubrimos así que la fraternidad no radica en cuánto nos parecemos, sino en reconocer cuánto nos necesitamos. Quizás todo este dolor que estamos viviendo nos lleve a reconsiderar cómo vivimos, cómo nos relacionamos y cómo organizamos nuestras sociedades, porque no creo que la solidaridad que ha emergido en estos días sea una excepción; por el contrario, es una posibilidad humana permanente. Es constitutiva de nuestra humanidad. Quizás el terremoto no solo destruyó edificios y vidas, sino que también derrumbó momentáneamente la ficción de que, como individuos, estamos separados. Por ende, el verdadero desafío no será solo la reconstrucción, sino no olvidar lo que el terremoto nos permitió recordar: que unidos es mejor que enfrentados.

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