Durante décadas, el rey Carlos III solo fue una comparsa que desempeñaba un papel incómodo mientras los demás eran los protagonistas. Como aspirante al trono, fue la sombra de su madre, la reina Isabel II, quien reinó durante siete décadas. Como esposo de la princesa Diana, fue el marido infiel y un simple extra en el drama protagonizado por la princesa, quien mantuvo prendida la atención de los medios internacionales toda su vida, incluso en el momento de su trágica muerte. Como padre, fue testigo de un creciente conflicto y distanciamiento entre sus dos hijos, Guillermo y Enrique, algo que le pesa en el corazón. “Por favor, muchachos, no hagan que mis últimos años sean una miseria”, dijo Carlos a sus hijos en el funeral del príncipe Felipe. Finalmente, como amante, durante décadas frecuentó clandestinamente a la mujer que desde su juventud fue el amor de su vida, Camila. Siempre el lugar de Carlos fue en segunda fila, nunca protagonista.
Hasta el sábado, cuando, durante una ceremonia pomposa, antigua, cargada de simbolismo, el rey Carlos finalmente tomó el centro del escenario y se convirtió en el protagonista y la estrella de la historia junto a su esposa. Por fin pudo ocupar el puesto para el cual se había preparado toda su vida. Cuando vi al recién coronado rey aparecer en el balcón de Buckingham Palace junto a la reina Camila, me acordé (por esos collages un poco surrealistas que hace la mente) de una frase que leí hace muchos años de santa Teresa de Ávila: la paciencia lo logra todo.
En ocasión de la coronación del rey Carlos III, Reino Unido se lució y fue capaz de generar un espectáculo único, que ninguna de las demás monarquías aún existentes logra presumir. Frente a 300 millones de espectadores en el mundo, la familia real parece haber logrado justificar una vez más el anacrónico derecho divino a ser la fuente de la soberanía. Lo hizo mezclando rituales medievales con sensibilidades modernas: la ceremonia en la catedral de Westminster incluyó a representantes de distintas religiones, la invitación fue impresa en papel reciclado, un coro góspel en representación de la multiculturalidad cantó el Aleluya. El rey Carlos quiso que fuera la coronación del pueblo.
A aquellos que hemos vivido en regímenes democráticos, culturalmente lejanos de las cortes reales con sus barrocos rituales, nos cuesta comprender la lógica de una monarquía. Hasta podemos llegar a pensar que nuestros sistemas democráticos, con libres elecciones, son superiores y mejores. Sin embargo, uno se acuerda de a quiénes elegimos como pueblo (comenzando por un Boris Johnson en Reino Unido) y de las decisiones que estos gobernantes democráticos toman (pienso en el desastroso brexit), y uno siente incluso un poco de envidia por la antigüedad de rituales, códigos y tradiciones que, por anacrónicos que puedan parecer en el tercer milenio, siguen siendo parte de la cultura británica. Un rey Carlos hoy parece más moderno, sobrio y sabio que presidentes y primeros ministros de nuestras democracias.