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Aldo Civico
04 de agosto de 2026 - 05:08 a. m.
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Ceuta es una anomalía geográfica cargada de historia. Veinte kilómetros cuadrados de España aferrados al norte de África, frente al Estrecho de Gibraltar, donde Europa y África casi se tocan. Allí conviven cristianos, musulmanes, judíos e hindúes; se escucha español y árabe; una frontera separa dos países, pero también dos mundos profundamente entrelazados. Ceuta es, al mismo tiempo, fortaleza y puente: una ciudad europea en suelo africano cuya vida cotidiana depende de aquello que la frontera separa.

En ese pequeño territorio de unos 85.000 habitantes entraron esta semana alrededor de 50.000 personas desde Marruecos. Más de 48.000 regresaron en las siguientes 48 horas. Al menos 67 murieron. Detrás de las cifras hay una tragedia humana y una pregunta política: ¿cómo pudo producirse una concentración semejante ante una frontera fuertemente vigilada? La lupa está inevitablemente sobre Marruecos. No existe hasta ahora evidencia pública suficiente para afirmar que Rabat organizó la entrada. Pero en España existen dudas sobre cómo pudieron relajarse los controles marroquíes y restablecerse después con tanta rapidez. Y existe un antecedente incómodo. En 2021, durante la crisis diplomática provocada por la acogida española del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, miles cruzaron hacia Ceuta. El Parlamento Europeo condenó entonces el uso de la migración como presión política.

La politóloga Kelly Greenhill lleva años estudiando este fenómeno. Lo llama “coercive engineered migration”: utilizar o manipular movimientos humanos para obtener concesiones de otro Estado. Dentro de las migraciones estratégicamente provocadas distingue modalidades coercitivas, exportivas, desposesivas y militarizadas. La idea resulta perturbadora porque revela la degradación última de la política: convertir la desesperación humana en instrumento.

El antídoto necesita algo más profundo que otra política migratoria. Necesita metanoia: un cambio de mirada, de mentalidad. León XIV lo dijo recientemente en Canarias: los migrantes “no son solo números o expedientes”. Son personas cuya dignidad no desaparece al atravesar una frontera. Europa necesita fronteras y puede legítimamente gobernarlas. Pero necesita también una identidad que no se construya contra el extranjero. San Benito vivió en una Italia sacudida por los godos y las guerras. Su respuesta espiritual no fue levantar la identidad como muralla: en su Regla ordenó recibir al huésped como a Cristo.

El escritor Ryszard Kapuściński entendió algo parecido después de una vida atravesando fronteras. Ante el Otro podemos elegir la guerra, el muro o el encuentro. El Otro también me mira y descubre en mí a un extraño. Quizá Ceuta nos esté haciendo esa pregunta. No solamente qué hacemos con quienes llegan, sino quiénes decidimos ser cuando llegan. La verdadera frontera está en nuestra conciencia. Y cruzarla exige metanoia, un cambio de consciencia.

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