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Therians o el cansancio de ser humano

Aldo Civico

24 de febrero de 2026 - 12:05 a. m.
“Cuando algunos adolescentes dicen sentirse animales (los therians), expresan un anhelo de escapar del rendimiento”: Aldo Civico.
Foto: Getty Images
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Hay algo que me inquieta más que los jóvenes que se identifican como lobos o zorros: la rapidez con que los adultos decidimos que no hay motivo para escucharlos. Nos reímos, comentamos y compartimos videos con ironía y luego seguimos adelante, como si todo pudiera resolverse con la palabra “moda”. Sin embargo, a veces lo que parece extravagante es solo una grieta. He conversado con jóvenes y hay un hilo común: el cansancio. No es un cansancio físico, sino algo más profundo. Una sensación de que la vida es una competencia continua. Ser humano hoy parece significar competir, destacarse y gestionar la identidad como si se tratara de una empresa. Cada talento y cada experiencia deben generar algo; incluso el sufrimiento debe transformarse en aprendizaje visible.

No es que alguien nos vigile; la presión es sutil. Nos decimos que debemos ser mejores, más productivos e interesantes. Si no lo logramos, la culpa es nuestra. La libertad se convierte en obligación. En Colombia, esta presión tiene un trasfondo particular: un país de desigualdad y violencia, pero también de un discurso de superación individual. “Sí se puede” se ha vuelto un mantra nacional. ¿Pero a qué precio? ¿Cuánto puede soportar un cuerpo joven antes de convertirse en un peso?

Cuando algunos adolescentes dicen sentirse animales (los therians), no expresan un deseo de abandonar la humanidad, sino un anhelo de escapar del rendimiento. En su imaginario, el animal no necesita optimizarse, no construye una marca personal ni vive bajo la mirada constante de los demás. Sin embargo, tampoco conviene romantizar este gesto. Habitamos una cultura que lo absorbe todo, incluso la diferencia. A veces lo que nace como un gesto de escape termina encontrando su lugar en el escaparate. Se vuelve nombre, se vuelve grupo, se vuelve perfil. Y entonces empieza a circular. La diferencia atrae miradas, suma seguidores, genera pertenencia.

Por eso el fenómeno es ambiguo. Puede ser una crítica silenciosa a la manera en que hemos reducido lo humano a productividad y exposición, o bien otra narrativa del yo que, sin querer, sigue jugando el mismo juego. Lo que sí me parece claro es esto: algo en nuestra concepción de humanidad se ha vuelto demasiado estrecho. Hemos olvidado que ser humano también implica la capacidad de detenerse, de no saber, de no rendir cuentas constantemente. Hemos desterrado la inutilidad, el silencio, la lentitud. Todo debe tener un propósito.

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Si a los quince o dieciséis años alguien ya percibe que “ser humano” pesa demasiado, algo nos está diciendo, no sobre él, sino sobre el mundo que le estamos entregando. Tal vez no se trata de que quiera ser otra especie. Tal vez lo que está rechazando es esta versión agotadora de lo humano que hemos construido: una vida entendida como un examen permanente, como una meta que siempre se corre un poco más lejos. Porque nadie puede crecer sintiendo que siempre está en evaluación, que incluso su forma de existir necesita justificarse.

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