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Trump contra el papa, dios contra Dios

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Aldo Civico
21 de abril de 2026 - 05:05 a. m.
“En la disputa entre Trump y el papa se juega el significado público de 'cristiano': fe para todos o religión de tribu”: Aldo Civico.
“En la disputa entre Trump y el papa se juega el significado público de 'cristiano': fe para todos o religión de tribu”: Aldo Civico.
Foto: Archivo Particular
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El enfrentamiento de estos días no es un incidente folclórico entre un presidente hipermediático y un pontífice incómodo para la geopolítica: es el punto más visible de una fractura profunda dentro del cristianismo occidental y del alma política de Estados Unidos. Detrás de las amenazas de Trump al papa León XIV está la idea de que el cristianismo no es una fe sino el pilar sagrado de una nación, la marca religiosa de un proyecto de poder.

El cristianismo nacionalista que domina una parte considerable de la derecha estadounidense parte de un presupuesto simple y devastador: América pertenece a Dios, y Dios pertenece a América. De ahí una teología política en la que bandera y cruz se funden, las guerras se convierten en misiones religiosas, el cierre de fronteras se predica como defensa de los “verdaderos cristianos” y el líder —hoy Trump— es descrito como ungido, elegido, llamado a restaurar el orden divino frente al caos del liberalismo secular. Por eso el papa es, para el nacionalismo cristiano estadounidense, un objetivo estratégico.

El catolicismo de León XIV insiste en otra cosa: centralidad de los pobres, rechazo de la guerra “bendecida”, defensa de los migrantes, crítica de una economía que sacrifica a los débiles. Es una visión universalista que se niega a reducir el Evangelio a manifiesto identitario de una nación. Pero el enfrentamiento no es solo entre Washington y el Vaticano. Está dentro de las iglesias, las parroquias, las familias. Una parte de los cristianos —evangélicos blancos a la cabeza— ha abrazado sin titubeos el paradigma nacionalista: Dios, patria, líder fuerte, enemigos internos. Pero otra parte, evangélica y católica, ve en esto una traición del Evangelio. El resultado es una fractura cultural: comunidades divididas entre quienes ven en Trump al defensor de la fe y quienes ven en su religión de la fuerza un ídolo nuevo, perfectamente reconocible a la luz de los profetas bíblicos.

Lo que está en juego va más allá de lo religioso. El cristianismo nacionalista es un proyecto político alternativo a la democracia liberal. Si la soberanía pertenece a un pueblo definido religiosamente y el líder encarna la voluntad de Dios, los derechos dejan de ser universales: se convierten en premios para los pertenecientes y en amenaza cuando los reclaman quienes son considerados extraños. En este esquema, el papa que habla de paz y diálogo no es un adversario doctrinal: es un obstáculo para una teocracia disfrazada de democracia. La paradoja es que precisamente un cristiano y un estadounidense, sentado en la Cátedra de Pedro, es hoy uno de los pocos que recuerdan que el nombre de Dios no puede ser confiscado por ninguna bandera. En la disputa entre Trump y el papa se juega el significado público de “cristiano”: fe para todos o religión de tribu; usar a Dios para dominar o reconocer que no pertenece a nadie, evitando convertir bandera y poder en ídolos.

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