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Gaza y la paz como rénder

Aldo Civico

27 de enero de 2026 - 12:05 a. m.
“El rénder no interrumpe la catástrofe; la convierte en algo compatible con el progreso”: Aldo Civico.
Foto: EFE - Emilia Pérez
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¿Qué implica cuando la paz deja de ser un proceso y se convierte en un rénder? La cuestión no es técnica, sino política, simbólica y casi antropológica, y está relacionada con la forma en que concebimos el futuro en la actualidad. Si el lenguaje tiene el poder de crear realidades, es fundamental comenzar con las palabras. En Davos, Donald Trump presentó su Peace Board como una alternativa a las Naciones Unidas, a las que caracterizó como una organización con potencial, pero incapaz de realizarlo. Su consejo, en contraste, sería —según él— una de las instituciones más influyentes jamás establecidas en la historia mundial. La dicotomía es evidente: por un lado, un orden multilateral, lento, fundamentado en compromisos y mediaciones interminables; por el otro, una paz decisiva, rápida y personalizada, que “sucede” porque alguien la decreta.

El giro crucial llega con Jared Kushner, quien, ante el público de Davos, señala que, en lugar de simplemente “contener” Gaza, se optó por “diseñar un éxito arrollador”. Y es entonces cuando surge el rénder. En la pantalla, la Nueva Gaza: rascacielos relucientes, turismo costero, centros logísticos, infraestructuras energéticas. Todo se presenta de manera clara, funcional y comprensible. Las líneas son suaves, sin signos de desgaste ni capas de historia. El mar, escenográfico, es perfecto; ya no es un espacio habitado, sino un telón de fondo.

Las personas están ausentes. No hay rostros, cuerpos ni vida cotidiana. La humanidad se presenta únicamente como un usuario abstracto. Asimismo, no existe un mundo compartido: no hay mercados, plazas ni lugares de memoria. Solo queda una secuencia de funciones. La historia ha sido anestesiada; para construir el futuro, el pasado debe ser erradicado. La realidad se presenta así como en un showroom. La paz se torna observable, admirada, comprada; no es objeto de discusión ni de experiencia, sino que se acepta.

En este sentido, el rénder no interrumpe la catástrofe; la convierte en algo compatible con el progreso. Benjamin advertía que el ángel de la historia solo ve ruinas mientras una tormenta lo empuja hacia delante. Aquí, esa tormenta tiene un rostro elegante y futurista, lo que hace que la catástrofe parezca deseable. La falta de sujetos no es un descuido, sino una estructura. Gaza se convierte en un espacio, no en una comunidad. La paz se reduce a gestión: inversiones, plazos y fases operativas. Los individuos quedan fuera del marco.

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De este modo, la paz como representación se opone radicalmente a la paz relacional. Autores como John Paul Lederach enfatizan que la paz surge de relaciones frágiles, del tiempo, de la escucha y de la imaginación moral. No es un resultado para exhibir, sino un proceso para experimentar. Ahí radica el riesgo más profundo: no tanto en lo que el rénder exhibe, sino en todo lo que debe desaparecer para que esa imagen resulte creíble. Una paz perfecta, pulida y vendible —a condición de no mirar.

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