La semana pasada, en el Ziggo Dome de Ámsterdam, miles de desconocidos compartimos durante tres horas algo parecido a la intimidad. Cuando el sudafricano Black Coffee tomó los controles, el recinto estaba lleno: jóvenes, parejas de mediana edad, personas de muchos orígenes. Nadie intercambió nombres ni historias y, sin embargo, algo se sincronizaba. El reconocido productor, un pionero del Africa House, alternaba un groove que vibraba en el pecho con momentos de liberación, y la expectativa se repartía entre todos a la vez. Merleau-Ponty llamaba a esto intercorporeidad: el cuerpo comprende al otro antes de que la mente lo nombre.
Black Coffee se llama Nkosinathi Maphumulo. En 1990, mientras celebraba en Mthatha la liberación de Mandela, un auto con las luces apagadas embistió a la multitud y le quitó el uso del brazo izquierdo. Tenía 13 años. Esa fecha le pesó durante años; en 2017 escribió que elegía celebrarla. Mezcla con una sola mano y su música no desperdicia gestos. Nunca aceptó que lo encerraran en un «sonido africano»: «trato por todos los medios de hacer canciones que suenen universales», dijo en una entrevista temprana. En 2009 grabó con Hugh Masekela una canción que resume su credo: “We Are One”.
En cierto momento, una voz preguntó «What is house?» y el set regresó a sus raíces. Como antropólogo, conozco el exotismo que Europa consume en sus noches. Allí, en cambio, África era metáfora del origen: en ese continente surgió nuestra especie hace unos 300 mil años. De Sudáfrica viene también una frase zulú, umuntu ngumuntu ngabantu, «una persona es persona a través de otras personas», raíz de la palabra ubuntu. En la pista, esa frase dejaba de ser idea y se volvía experiencia.
El etnomusicólogo Luis Manuel García-Mispireta estudió esta intimidad entre desconocidos en las pistas de Chicago, París y Berlín. En Together, Somehow describe una «pertenencia vaga»: no necesitamos saber quién es el otro, qué valores tiene o a quién vota para sentirnos parte de lo mismo. La llama «liquidaridad», una solidaridad fluida. Es frágil, y él no la idealiza: esa vaguedad puede ocultar a quienes se quedan en la puerta. Pero revela algo que la vida diurna nos hace olvidar: la cercanía no exige uniformidad. La inteligencia espiritual cuenta entre sus rasgos la celebración de la diversidad: valorar a los otros por sus diferencias, no a pesar de ellas. Esa inteligencia no madura solo en el silencio; también en la comunidad, donde el ego afloja su vigilancia. La necesitamos en sociedades que convirtieron la singularidad en aislamiento, que solo se relacionan con su propio reflejo y levantan muros. Una pista de baile no sanará el mundo, pero enseña con el cuerpo la lección que más nos falta: la diferencia del otro no amenaza lo que soy, porque soy a través de él o ella).