La semana pasada murió Emma Bonino, una líder disruptiva de la política italiana. Tenía 78 años y probablemente su nombre diga poco a muchos colombianos. Durante más de medio siglo estuvo en el centro de algunas de las batallas más difíciles de Italia, como el aborto, el divorcio, los derechos de las mujeres, las cárceles, la pena de muerte, Europa. Fue detenida, practicó la desobediencia civil y realizó huelgas de hambre. Puso literalmente el cuerpo en sus causas. Era una radical, como ya no vemos muchos hoy en política, una disciplina que se ha reducido al marketing político dictado por los algoritmos.
En tiempos de polarización, Emma Bonino nos enseña a no confundir la radicalidad con el fanatismo, porque son cosas distintas. Radical viene del latín radix, raíz. Radical es quien llega hasta la raíz de sus convicciones y está dispuesto a pagar un precio por defenderlas. Por el contrario, el fanático necesita creer que quien piensa diferente es también moralmente inferior. Por el contrario, Bonino podía combatir ferozmente las ideas de sus adversarios sin convertirlos necesariamente en enemigos. Fue una de sus grandes virtudes. Tuvo una relación particular con Silvio Berlusconi, de quien la separaba casi todo. Luciana Catellina, histórica dirigente del Partido Comunista, recuerda las enormes peleas que tuvieron y cómo después podían abrazarse. El papa Francisco, representante de una iglesia contra la cual Bonino libró algunas de sus batallas más emblemáticas, la visitó en su casa durante su enfermedad y ella lo consideraba un amigo. Fue radicalmente coherente y auténtica, sin que eso la llevara a deshumanizar al otro. Nadie necesitaba dejar de ser quien era. Eso finalmente contribuía a la calidad del diálogo y al mismo tiempo fortalecía la construcción de la democracia.
Creo que hoy estamos perdiendo siempre más esta capacidad. Si alguien vota por Petro, creemos saber inmediatamente quién es. Si admira a Uribe, también. La categorización y las etiquetas hacen el resto: fascista, comunista, guerrillero, paraco, oligarca, mamerto. Son palabras cómodas porque nos ahorran el trabajo más exigente de una democracia: sentir curiosidad por quien piensa diferente. Claro está, no se trata de volverse tibios, ambiguos o voltearepas. Hay ideas que deben combatirse, injusticias frente a las cuales guardar silencio sería cobardía y principios que no deberían negociarse. La convivencia democrática no exige renunciar a nuestras convicciones, sino a no renunciar al otro, algo mucho más exigente. Quizás hoy por eso necesitamos más radicales, no menos. Radicales de la democracia, de la libertad, de la justicia, de la paz. Personas capaces de luchar apasionadamente por aquello en lo que creen sin arrancar de raíz la humanidad de quien cree algo diferente. Si alguien se siente llamado o llamada a eso, por favor, que dé un paso adelante y levante la mano.