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6 Dec 2022 - 5:30 a. m.

Viva Magenta

¿Te has detenido alguna vez a examinar la relación que tienes con los colores? Si te preguntara: “¿De qué color es el mundo?”, ¿qué me contestarías? Cuando mi mentor en antropología, Michael Taussig, me visitó en Medellín hace ya 15 años, él estaba escribiendo un libro sobre colores (What Color Is the Sacred?). Tomándonos un tinto en la tienda de un pequeño parque en el barrio de Aranjuez, Taussig me hizo notar que la visión de los colores no tiene que ver tanto con la actividad de la retina, sino que es una experiencia corporal total. Refiriéndose a sus escritores preferidos, como Walter Benjamin, William Burroughs y Marcel Proust, me comentó que para ellos el color era un ser vivo como lo es un animal. De hecho, ¿acaso un color no tiene el poder y la fuerza de despertar en nuestra mente imágenes, interpretaciones y emociones intensas? Nos pasa eso, sobre todo, con los colores más vivos y dramáticos. Muchas veces estas emociones son de repulsión, escepticismo, discriminación.

Quizás esta reacción es una herencia de la cultura colonial europea, donde los colores vivos eran una representación de un estado primitivo. La primera frase del libro de Taussig es una cita de Goethe: “Los hombres en estado natural, las naciones incivilizadas y los niños tienen una gran afición por los colores en su máxima brillantez”. Por el contrario, colores como el negro, el blanco, el gris representaban lo culto y lo civilizado. Todavía hoy llevamos dentro de nosotros las huellas de ese legado colonial. Pienso, por ejemplo, en los tonos vivos de los grafitis que colorean los barrios de las periferias urbanas y en los edificios monocolores de las zonas residenciales.

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