En la práctica de la agricultura comercial se desarrolla una guerra sistemática contra tres de los grandes agentes naturales que promueven la biodiversidad: las hierbas, los hongos y los insectos, cuyas interacciones con las plantas garantizan la fertilidad de los suelos, la sanidad de los alimentos y la prevención de las plagas.
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La revolución verde, promovida por las multinacionales desde hace más de 70 años, basada en el arado extensivo y el uso de agroquímicos, se fundó en la premisa equivocada de pensar que los suelos son un sustrato inerte que espera que le incorporen los fertilizantes químicos y los venenos que matan las llamadas malezas, los insectos y los hongos, para garantizar las cosechas. La realidad es lo opuesto: el arado destruye la capa orgánica y compacta los suelos, aumenta la erosión, emite más carbono del que absorbe y reduce el almacenamiento de agua, promoviendo que esta corra en exceso en la superficie, dañando el sistema hídrico, causando deslizamientos en las montañas e inundaciones en las tierras bajas. Los abonos químicos, basados en la fórmula que combina el nitrógeno, el fósforo y el potasio, son sales solubles en agua, y las plantas los asimilan rápidamente, con la consecuencia aparente de que crecen más rápido y aumentan la cosecha, pero al costo oculto de que debilitan su sistema inmune y hacen imperativo el uso de todo el arsenal de tóxicos que matan las hierbas, insectos y hongos, cuya interacción simbiótica constituye la fertilidad creciente de los suelos.
El Valle del Cauca, donde se lleva a cabo la COP16, es un ejemplo dramático de pérdida de la biodiversidad por las prácticas agrícolas de la caña de azúcar. La cañicultura desplazó la diversidad de la producción campesina y barrió al campesinado hacia las montañas, para sustituirla por el monocultivo depredador que concentró el ingreso en una pequeña élite dueña de los cultivos extensivos que acaban con la biodiversidad. La región cafetera hizo lo mismo al eliminar los árboles que hacían sombrío al café arábico para reemplazarlo por la variedad caturra del Brasil, que requiere pleno sol. Los cultivos de arroz en el Tolima, el Huila, Meta y Casanare han empobrecido los suelos hasta un punto de no retorno que ha iniciado un proceso de desertificación difícilmente reversible. Lo mismo ocurre en los cultivos de papa, cereales, hortalizas, banano y palma de aceite, que destruyen la capa orgánica y contaminan los suelos y aguas con agroquímicos.
Para contrarrestar todo esto, está creciendo con fuerza imparable la agricultura y ganadería regenerativa de suelos, mucho más cercana a la verdadera ciencia agrícola, que protege la textura de los suelos con la siembra directa, sin arado, con la simple descompactación superficial, y la eliminación absoluta de los agrotóxicos. Así los reemplaza con la cobertura vegetal permanente, que valora la diversidad de las hierbas, plantas y árboles, y la protección de la vida orgánica de insectos, hongos, bacterias y nemátodos que responden por la fertilidad.
En Colombia, y más precisamente en Jamundí, tenemos a uno de los mayores expertos mundiales en agricultura orgánica regenerativa de suelos, el agrónomo disidente Jairo Restrepo Rivera. Su página web, llamada La Mierda de Vaca, contiene centenares de videos con instrucciones precisas para regenerar la fertilidad de los suelos. Sería imperdonable que el país no aprovechara sus enseñanzas, mientras el resto del mundo demanda su asesoría y sus talleres de formación de campesinos productores. La reforma rural integral debe revalorar los saberes ancestrales de los campesinos y no entregarlos como clientes cautivos a las multinacionales, donde quedan las ganancias por la venta de químicos tóxicos del ambiente.