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La implosión del Gobierno de Gustavo Petro


Alejandro Reyes Posada

28 de mayo de 2024 - 12:05 a. m.

Sergio Fajardo dio en el clavo al interpretar el desorden gubernamental y político como una expresión de la personalidad de Petro, que no suelta la agenda del debate público desde su Twitter, como si el Gobierno se condujera solo por inercia al seguir sus inspiraciones cambiantes de cada día. El desperdicio del gigantesco trabajo de Jorge Iván González para hacer el plan de desarrollo y luego la bofetada a Planeación con el nombramiento de Alexander López dice mucho sobre el Gobierno. Petro no está gobernando, sino, como Uribe, está defendiendo su pedestal con la estatua que cree que la historia le debe. No tenemos Gobierno, sino el mayor desgobierno que hemos tenido en un largo tiempo. Lo desafortunado en Colombia es que estamos pagando el precio del presidencialismo exagerado que tenemos.

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El epítome fue su afirmación de que irá a Naciones Unidas a declarar que el Estado no tiene voluntad para cumplir el Acuerdo de Paz. Tiene razón sólo si él no representa al Estado sino al M-19, de cuyas canteras y sus aliados ha nombrado agentes suyos que se tomaron por asalto instituciones estatales, desmantelaron sus equipos técnicos y están haciendo un exitoso trabajo de demolición institucional, afectando el régimen de salud, la soberanía energética, la inversión privada, la vivienda, la infraestructura, el empleo y el futuro del país. En Petro solo vive el opositor, no el responsable del Gobierno.

Gobernar supone mantener una coordinación estrecha entre el presidente y los ministros, para que las políticas públicas se traduzcan en programas y planes de corto y largo plazo. Petro, sin embargo, no coordina el trabajo de sus ministros ni los empodera políticamente para desarrollar sus agendas. Solo vigila que sean intérpretes de las consignas que lanza todos los días en sus trinos y discursos, para mantener agitada la discusión pública con sus iniciativas. Tuvo razón Luís Fernando Velasco cuando dijo que los ministros de Petro tienen matrícula condicional. Por eso no han durado los ministros con personalidad e ideas propias, como José Antonio Ocampo o Alejandro Gaviria, que expresaron sus desacuerdos, ni los que mostraron un espíritu conciliador, como Germán Umaña.

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Un Gobierno populista, que polariza entre un pueblo víctima y una oligarquía poderosa y egoísta, es una apuesta de corto plazo que sólo se sostiene en vuelo si efectivamente las masas perciben que el Gobierno está en camino de volcar la gestión pública en beneficio de las mayorías y perciben resultados en mejores condiciones de vida. Cuando eso no sucede, como ahora, crece el descontento y la frustración, como se hizo evidente en el encuentro de Petro con los representantes de los jóvenes, que le expresaron su cansancio con los discursos y trinos sin realizaciones concretas a favor de la juventud.

La cara oculta de la implosión de un Gobierno fallido es el crecimiento exponencial de la inseguridad y la corrupción, al debilitar a los agentes que participan en la generación de la riqueza colectiva, que distribuye los beneficios, y abrir la puerta a los comportamientos predatorios de captura de rentas individuales a expensas del trabajo de los demás, como las bandas criminales y las maquinarias de la corrupción enquistadas en la contratación pública.

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