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Perros y perras de apartamento

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Alfredo Molano Bravo
24 de enero de 2015 - 04:52 p. m.
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Los perros son hoy menos perros. No corren, viven echados entre plumas y espumas; miran lánguidamente al cielo.

 Nada los saca de la abulia mortal en que viven. Los llevan con lazo a pasear paso entre paso. Hacen pipí en las aceras, no en los postes; cagan una pasta que hiede a pescado o a hueso de vaca. Son educados en colegios especializados que tienen servicio de “ruta” y a las 6:30 de la mañana deben ser sacados a la esquina para que la buseta los recoja. A las 5:30 regresan. Los altos empleados del Gobierno los mandan al paradero con los escoltas. Sus dueños los esperan con el credo en la boca. Deben pagar una pensión alta por el servicio, calcado de los kínderes o jardines infantiles: tienen horario, dieta personal, tareas, médico, psicólogo. Todo suma. Los enseñan a ser lo más parecidos a sus dueños: a dar la mano, a batir la cola al ritmo de la música de moda, a sentarse y a pararse según las reglas de la Urbanidad del inefable Carreño. Los sábados los llevan al sauna; los bañan en pilas de aguas perfumadas, tibias y químicamente puras, para evitar gripas, indigestiones y estornudos molestos. Hay algunos a los que les diagnostican alergias al material de los muebles del apartamento o al traje de cuadritos que le trajeron de Miami, lo que tiene consecuencias familiares dramáticas. La dieta es diseñada por nutricionistas caninas y eso ha hecho proliferar por pueblos y ciudades las tiendas de mascotas. No es raro que se receten alimentos que sólo se venden en EE.UU. Algunos engordan tanto que se vuelven como mesas con patas y hocico. Si los capan se vuelven cuadrados y caminan como elefantes enanos. Como queda claro, los perros ya no tienen pulgas; las pulgas se les prenden a los niños en las guarderías y suelen pasárselas a los perros, caso en que el niño se va a pasar un fin se semana con los primos para tratarlos con un remedio efectivo que se vende con el nombre de Kiron y que no tiene genérico. Los llevan —algunas señoras los conducen— al salón de belleza para cortarles el “cabello” de manera artística; hay “tijeras” afamados que se vuelven la adoración de las dueñas y no en pocas ocasiones su “tinieblo”. No sólo son lavados y peluqueados sino —como debe ser— perfumados para quitarles ese molesto olor a animal vivo. También —¡cómo no!— les hacen las uñas para podarles lo que puedan tener de pezuña o de garra. No es extraño que también —debidamente sedados— los pongan en manos de tatuadores profesionales para que les pinten en el anca un signo del Zodíaco. A las perritas les encrespan las pestañas, les afeitan la cola y les ponen toallas higiénicas cuando están en celo. El celo es un tiempo terrible para los orgullosos propietarios de las mascotas. Las perritas se arrastran por el suelo, lloran, gimen, babean y huelen a perra. Nadie en la casa sabe qué hacer: si mirar o no mirar, si oler o no oler. Las señoras creen que les llegaron los calores porque viven congestionadas de la pena; los señores se desentienden de la cosa diciéndole a la empleada: mire a ver qué se hace en estos casos. Ellas suelen saber porque en los barrios donde viven todavía hay manadas de perros persiguiendo a las perras por las calles. Hay cementerios para caninos y tumbas y lápidas, y se les llevan flores y se les llora, se les reza. Más aún, hay compañías que venden seguros de vida. En Bogotá se está pensando en instituir una especie de Sisbén que se llamará Bacatá, en honor a la perrita del alcalde. Los perros no tienen celo, pero cumplen años y se ha vuelto costumbre que ese día se les lleve una perrita en celo para que se diviertan solos, sin competencia y, ante todo, para que abandonen las malas costumbres que tienen los micos. Los perros ya no son animales, son el paño de lágrimas de las soledades y agobios de sus amos y amas, los únicos animales del reino que tienen amo y que han sido convertidos en una caricatura del ser humano. Ningún perro de apartamento hace perradas.

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