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Rafael Baena

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Alfredo Molano Bravo
20 de diciembre de 2015 - 02:00 a. m.
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Rafael Baena murió como mueren los amigos, sin despedirse, dejando abierta la siempre aplazada invitación a “tenemos que vernos”.

A Jaime Garzón lo mataron, pero también se murió de un día para otro sin cumplir el “almorcemos, hermano”. Así mismo Carlos Gaviria: “Maestro, el tiempo pasa…”.

Baena me envió su último libro con una nota: “Ahí van su indio Lorenzo y su general Avelino Rosas”. Sabía que eran mis héroes de la guerra de los Mil Días porque los nombro cada vez que puedo. El indio fue un guerrillero que le dio la batalla al gobierno de Marroquín cuando la revolución recuperó el aliento en Panamá bajo el mando de Benjamín Herrera, un mandacallar a quien Rafa no le perdonó que hubiera aceptado el fusilamiento de Lorenzo o por celos de mando o como víctima propiciatoria para congraciarse con los yankees, que ya tenían bajo su garra el istmo. Avelino Rosas, caucano, fue general de los mambises, esos guerrilleros cubanos que, con Maceo a la cabeza, combatieron a España a fines del siglo XIX. Inspirado en esa guerra irregular redactó el Código Maceo, un manual de guerrillas que anticipó el famoso libro del che Guevara. Uribe Uribe lo detestaba y desautorizó siempre su tesis: con 100 guerrillas de 100 hombres acabamos con los godos. Cayó herido en Nariño y, amarrado en un catre, fue rematado por el Gobierno.

Baena detestaba la guerra, la sangre, la muerte. Sin duda por eso se interesó tan profundamente en nuestras peleas. Buscaba el hueso de la guerra y sobre todo de aquellas donde liberales y conservadores terminaban unidos firmando armisticios para dejar ignorados los muertos que habían hecho. No lo dijo, ni lo escribió, pero quien lo conoció y lo quiso supo que perseguía la sombra misma de su propia muerte tras cada frase de La guerra perdida del indio Lorenzo. Sintió hasta el último día las dos docenas de tiros con que los godos destrozaron su cuerpo en Chiquirí. Le dolió su muerte hasta su muerte. Baena sabía de fidelidades, sabía de lealtades.

Hace poco me llamó. No me habló del libro, pero yo sí: Hagamos un trato, Rafa, yo le escribo, pero no le hablo en el lanzamiento. Vale, me respondió indulgente, con esa sonrisa tan cálida y franca que llevaba siempre. Yo que no sueño ya, hace poco soñé con él. Nos cruzamos en un aeropuerto, cada cual con su afán, apenas nos rozamos la mano. Lo vi más ojeroso que nunca. No supe si era él o era yo el que iba a tomar el avión. Ahora lo veo: era él.

No quedamos como alguna vez en montar a caballo, en el suyo, Jericó, o en el mío, Ícaro. Le apasionaban los caballos. En cada libro, en todos, y en uno: Ciertas personas de cuatro patas, escribió sobre un caballo o sobre los caballos. Estaban prendidos, como en mí, a lo más íntimo de la infancia o de su gusto por la vida. Quizá se fue montado a pelo, oliendo el sudor de la bestia entre las piernas. Se fue dejando una huella larga de despedida con sus últimos libros, apasionados, como él, como sus personajes. Se fue sin que pudiera yo pagarle la deuda qua ahora, llorándolo, le abono.

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