Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Han pasado siete meses desde el amanecer en que el huracán Iota, de categoría cinco y paso destructor, arrasó con la isla de Providencia. Esa noche, que también fue madrugada, vientos de 35 kilómetros por hora acabaron con el 98 % de la infraestructura de la isla. Una tragedia natural que conmocionó al país y al mundo. El presidente, experto en plazos que no se cumplen, dijo que reconstruiría la isla en 100 días. Lo que no precisó es que esos días se empezaban a contar después de la caída de Maduro. Ya van más de 200 días, no se ha entregado una sola casa de las que prometió y ya empezó, de nuevo, la temporada de huracanes.
Que la reconstrucción va lentamente es incuestionable, que de la tragedia se han alimentado oportunistas de todos los pelambres también, pero lo realmente angustiante hoy es que si volviera otro huracán o una tormenta, encontraría a la gente aún en las ruinas. “Hay 900 personas viviendo en carpas, el hospital en carpas, de las 50 casas que dijeron que tendrían para junio hay dos terminadas y sin entregar. El plan de reconstrucción de techos ha sido un total fracaso, a la gente le pidieron que para hacer las remodelaciones había que tumbar el baño que nos salvó la vida. Mejor dicho, no sólo no arreglaron lo que iban a arreglar, sino que quieren tumbar lo que quedó”, sostiene una habitante de la isla.
“Mi angustia es que aquí no hay plan de emergencias. Si cuando había casas e infraestructura el huracán acabó con el 98 % de la isla, imagínese lo que pasaría hoy cuando vivimos en carpas y con plásticos. Lo extraño de todo han sido las prioridades del Gobierno. Su labor más destacada ha sido la recogida de escombros, pero últimamente eso se ha ralentizado. También le dio por arreglar una acera, la base naval y un muelle que no ha empezado a construir. Pero no hizo en siete meses un refugio, que es lo único que nos salvaría la vida. El hospital que iba a hacer sigue en tiendas de campaña; los colegios, en unas carpas y en unas aulas temporales; vinieron a inaugurar unas carpas del SENA. Unas carpas”, refiere con indignación otra isleña.
Las tres personas consultadas coincidieron en sus preocupaciones: la reconstrucción es un fracaso, no hay plan para atender una emergencia si esta se presentara y lo que vino después del Iota fue un huracán de gente foránea que ha puesto patas arriba la vida de la isla. “Hay una danza de los chalecos que es indignante. Aquí llegaron 1.000 foráneos para la reconstrucción, gente a la que le consiguieron las mejores condiciones para vivir, mientras los isleños siguen en carpas. Las únicas que han sido arregladas, adecuadas o construidas son las casas donde viven los ingenieros. En una reunión, Susana Correa dijo que no se había construido refugio porque la idea es que si llega a haber una alarma, nos van a ofrecer unos bonos para que vayamos a arrendar las casas que están en pie, esas en las que viven los ingenieros. Lo que nos ofrecieron tras el huracán ha sido una alta dosis del desprecio patrio”, agrega.
Y para rematar la situación, nadie quiere decir nada, protestar, expresar la molestia y la frustración porque temen que en retaliación lo dejen sin casa, no le arreglen el techo, lo saquen del empelo que tiene, porque aquí la gente vive de cuatro cosas: turismo, empleo público, pesca o narcotráfico. “Con el plan de reconstrucción la gente se ilusionó y ahora hay una fuerte frustración. Se hicieron demasiadas promesas que no se cumplieron. Hubo falsas expectativas y ahora, cuando ya vuelven los huracanes, ya no tenemos ni la defensa natural, ni el arrecife coralino, ni los manglares, ni las casas de material. Entonces, ¿cómo será que vamos a enfrentar una nueva tragedia?”, dicen. Con el agravante de que lo que teme la gente es que toda la trama de la reconstrucción ha abierto un boquete por el que quieren meter proyectos que ya parecían archivados: la gran base naval que va a acabar con la pesca, los megahoteles, la explotación de petróleo. “Eso es lo peor del escenario, que vinieron a reconstruir, pero nos van es a destruir”, sentencian.
