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26 Oct 2021 - 5:30 a. m.

Dos años y un legado

Hojas sueltas

En la madrugada del 31 de octubre de 2019 Alfredo Molano Bravo dio su última batalla y emprendió un nuevo viaje, esta vez hacia un lugar sin espacio, donde habitan los recuerdos. Han sido dos años difíciles para quienes lo amamos y lo leemos. Qué falta hacen su sabiduría y su serenidad para encauzar la vida. Sin embargo, a trancas y mochas, hemos logrado resignificarnos en este mundo sin él, pero con su memoria. Hemos convertido su fuerza en inspiración, su sensibilidad en un legado y sus palabras en un llamado.

Tras el duelo, que por momentos parece interminable, se fueron secando los lagrimales y empezamos a percibirlo en su ausencia, a sentirnos acompañados por su energía y a honrarlo con lo que hacemos, o al menos intentamos hacer. Dos años que han pasado rápido, pero que se han movido mucho. El gobierno de Iván Duque, que Molano vio en sus albores, deja un balance que, estoy seguro, le habría causado risa y rabia a mi padre. Su inexperiencia, negligencia, sinvergüencería y cinismo habrían sido fuente de su inspiración y amargura.

La pandemia que cambió el mundo, al encerrarnos en nuestras casas, seguramente le habría causado gracia y entusiasmo en un comienzo, pero con el paso de los días habría compartido nuestra frustración, producto de la incertidumbre y el hambre que trajo, siempre a cuestas de los olvidados. La vida dejó de tener valor y la muerte se hizo intrascendente. La economía se vino al piso, pero el sistema encontró la manera de esclavizar más a la gente. No me imagino cómo habría extrañado sus viajes y andanzas en medio del confinamiento.

Del Acuerdo de Paz, que el inescrupuloso presidente trató de hacer trizas, pero no lo logró porque falla hasta en lo que se propone, también hay que darle cuentas. Las disidencias ocuparon los espacios que el Estado fue incapaz de llenar. Llegaron al sur del país, incluido lo más profundo del Amazonas, y se aliaron con narcos, “paras” y deforestadores. Los antiguos paracos ahora tienen contra las cuerdas a militares y políticos con las verdades que mucho han dicho, pero poco han sido oídas. A Jesús Santrich lo cazaron en Venezuela para cobrar una recompensa y el Gobierno no ha querido dar un centímetro de tierra como parte de su compromiso.

La JEP está marchando y los guerreros que tanto miedo infundieron ahora tiemblan. A la Comisión de la Verdad le extendieron el mandato para darle tiempo de que confeccione el informe final, y desde allá, justamente, con el afecto y la visión del padre Pacho y de Saúl Franco, se lanzó esta semana la Cátedra Universitaria Alfredo Molano Bravo. Una apuesta por mantener vivo el legado que nos dejó como escritor, caminante, sociólogo, historiador y periodista. Produce alegría ver este esfuerzo por rescatar el “método” con el que mi padre se acercó al conocimiento, pero no será pequeño el reto, dado que deberá ser un ejercicio en los territorios que les huya a los campus universitarios. Una cátedra que rescate voces enterradas y doloridas, que se permita un lenguaje coloquial y desprovisto de vanidades, que aprenda a escuchar con la atención de quien de verdad quiere aprender.

Por estos días también los familiares y un grupo de amigos de mi padre decidimos darle vida a la Fundación Alfredo Molano Bravo, para conservar su memoria y sus enseñanzas, como un acto colectivo, desde la diversidad de saberes y posibilidades. La creamos para garantizar que los escritos que dejó sin publicar, las entrevistas que quedaron en viejos casetes y sus libros no permanezcan en anaqueles a merced del moho y el olvido, sino que, por el contrario, tengan vida y color para sus nietos, nietas y lectores de todos los rincones de Colombia. Una fundación para combatir la amnesia colectiva y seguir honrando su legado, para que haya Alfredo Molano Bravo para rato.

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