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Soy Valentín y mi propia historia no tiene nada de especial, pero es la de todos los de por aquí y por eso la cuento como me la entrega la memoria en palabras y… en cuentas de muertos.
Mirando de más pa trás, yo aquí nací y me crie. Aquí aprendí a contar bien, empujando los muertos que se recostaban a la orilla: uno, dos, tres, los empujaba con una vara que era del papá de mi amigo Fredy y que era sólo para eso… cuatro…cinco… Cuando eso, fue un tiempo fuerte, duro duro. Aquí no se podía ni hablar, ni jugar dominó, ni bailar champeta ni tocar tambor, porque intervenían ellos: ¡Los paracos! Ellos eran la ley por acá y no se podía buscar otra.
Yo no creo que ni la ley ni el gobierno colombianos se hayan enterado de esa matazón de por acá, porque por este río de día y de noche pasaba gente muerta, bajaba gente muerta que no tenía nadie vivo que los extrañaba ni los reclamaba. Sería por miedo a quedar igualitos, trancados en la orilla en el sueño de la muerte. De niño ahí me sentaba viendo llegarle a la tierra tanta vida muerta: uno, dos, tres… sin entender cuál era la terquedad de algunos de esos difuntos como por tratar de aferrarse a destiempo a esas orillas. No sé si sería la tierra misma que los reconocía como hijos y los jalaba hacia ella para despedirlos en arrullo de agua y brisa. ¡Campesinos porfiados los de por aquí que se aferraban a esta tierra todavía después de la muerte!… cuatro, cinco… tocaba echarles el pulso con la vara del papá de Fredy y obligarlos a que soltaran la tierra. Se iban por el río, el camino de los vencidos… seis… siete…
Ya cogí más años, pero nunca pude dejar la maña de seguir contando los muertos del Dique. Yo soy como los ojos de la orilla que los veía y los atraía hacia ella. A veces sólo los contaba al pasar. A veces los desbarajustaba en la orilla con cuidado y con la vara del papá de Fredy, siempre rezando para que no se me fuera a enojar algún finado, para que no me fuera a recoger los pasos y me fuera a hacer tropezar en mi en vida.
Una vez me senté ahí enfrente de la casa y conté pasar 32 en dos horas. Treinta, treinta y uno, treinta y dos….
—¡Para ya, pelado! No más contadera de muertos, que eso es muy arriesgado. Te vas para pueblito y cuentas las calles, las ventanas, las puertas, las personas solas, las acompañadas, los perros con y sin dueño, los gatos y gallinas, los rosarios de los católicos, los católicos, los ateos… cuentas todo de todo y cuando tengas los datos totales, ya puedes volver, dijo mi papá. Lo dijo pa ocultarme que si seguía contando muertos, iba terminar río abajo, y pa anticiparme que tocaba irnos de la finca para el cemento. Era miedo, el miedo de mi papá y el de todos a contar lo que nos pasaba y los muertos que pasaban.
En donde Benjamín Burbano, Alberto paraco tenían el matadero. Ahí mataban al que fuera, ahí lo picaban. Picaban en Puerto Badel, picaban en Lomas de Matunilla… Recuerdo que cogieron una muchacha jovencita y la mataron ahí a palo y a machete; le dieron de encime el tiro de gracia en la cabeza y ahí sí la tiraron al río, al dique.
La verdad, nunca completé la tarea que me mandó a hacer mi papá a pueblito, pero entendí que no era sano que me pusiera a contar los muertos de otros, y que mi papá no quería que perdiera la ternura del corazón. Y lo mismo hice yo con mis hijos, ni cuando eran unas criaturas les dije que nos querían muertos y sin tierra, menos que yo, su papá, sabía mucho de contar muertos y de peleárselos a las orillas. Cuando hay tanto riesgo para el cuerpo, para qué robarles la inocencia del alma. Ellos no han tenido que contar el primer muerto.
*La semana pasada la Comisión de la Verdad y algunos excomandantes paramilitares recorrieron el Canal del Dique para ofrecerles a las víctimas, los habitantes, a las ciénagas y las aguas de este territorio un acto de reconocimiento de responsabilidades y una solicitud de perdón, por el dolor causado. Según datos entregados por el presidente de la Comisión de la Verdad, Francisco de Roux, allí fueron torturadas, asesinadas y lanzadas al Canal cerca de 2.600 personas. Este relato lo construí con apoyo innegable de Natalia Peña y gracias a la generosidad de los habitantes de Lomas de Matunilla que me confiaron sus historias. Historias que ha confirmado el exjefe paramilitar Úber Banquez, más conocido como Juancho Dique, quien viene haciendo importantes aportes a la construcción de la verdad, pues sabe que ella actúa como las orillas que atrancan a los muertos.
