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Miedo, según la RAE –corporación experta en abudinearse localismos– es una “perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario”. Una sensación que surge debajo de la lengua hacia la garganta y que en un nanosegundo invade todo el cuerpo. Se aloja primero en la cabeza, luego se expande por la columna vertebral hacia abajo y colapsa el sistema nervioso. Y aunque, de tanto en tanto, en medios de comunicación aparezca un estudio de una organización/universidad que asegure que Colombia es el país más feliz del mundo, esto riñe groseramente con nuestra realidad, pues si alguna emoción nos caracteriza como colectivo es la del miedo.
En Colombia vivimos en permanente estado de alerta, de miedo. Miedo en la calle, a que te roben; miedo en el carro, a que te estrellen, a que te agredan. Miedo por uno mismo y por los seres queridos. El miedo irrefrenable a que le pase algo a un hijo: a que en el colegio lo matoneen, se pierda, se pegue y sufra, porque entre todas las formas que adopta el miedo, ese, el de que le pase algo a un hijo, constituye el más animal de los instintos. Se le puede palpar en estado puro cuando una de las niñas se enferma y la fiebre no baja, y la tos aumenta, y ella aprieta los ojos y las mandíbulas para contener el dolor. El miedo ya se lo toma a uno enteramente, se le sale por los poros y se convierte en sufrimiento, ese que ya no es vacío en la barriga sino un lacerante flujo de aire que aprieta el pecho.
No digo que en otros países no se viva con miedo. No. Pero sí tengo que confesar que cuando se transita por la calle de cualquier otro país, es fácil percibir con asombro que está uno acostumbrado a caminar con el miedo de la mano. En mi caso, con el puño cerrado y afanosamente. Pendiente de sonidos y sombras, de no caminar por la misma acera en que se avizora un malandro, de tener los sentidos alerta, de afilar el oído para que nadie lo tome a uno por sorpresa. Y ni hablar del miedo que tienen las mujeres desde que son niñas e invade todos sus espacios: el hogar, la calle, el trabajo, el cine, etc. Y viven con el temor a ser violentadas o acosadas en todo lugar.
Una de las primeras sensaciones sobre las que hice conciencia al salir del país en mi adolescencia es que estaba acostumbrado a vivir con miedo, que caminaba prevenido de los otros y que vivía acostumbrado a esa zozobra. Tal vez algo tenía del trauma que dejó la persecución a mi padre: el miedo a la moto que acelera desde atrás cuando se está detenido en un trancón o semáforo, la imagen del parrillero disparando. Miedo que aún hoy sigo sintiendo sin explicación. Los traumas de un país pasado por la guerra son el estado de miedo generalizado en el que estamos sumergidos. Y además de ser una sociedad traumada, cuyo resultado es el pavor cotidiano, no falta quien le saca provecho al tema.
Hace unos días me llamó un vendedor de seguros de vida y me puso a temblar de infantil manera. Arrancó suavemente con su discurso de beneficios de portafolio, de las bondades de su empresa y al notarme reacio a sus argumentos, lanzó la frase: “Señor Molano, pero piense por un segundo, ¿qué pasaría con sus hijas si –Dios no lo quiera– usted muriera en un trágico accidente o quedara en estado vegetal?” Aterrorizado, colgué sin mediar palabra. Ocurrió algo similar cuando iba a nacer mi primera hija. Un vendedor del sistema de congelación de células madres, alertado por el algoritmo de Instagram o por los operadores de salud, llamó al teléfono de mi compañera a advertirle que estaba a punto de perder la única oportunidad que tenía de salvarle la vida a nuestra bebé (no nacida) si esta llegara a tener cáncer linfático. Ella no cayó en la manipulación, pero no imagino si a la presión se le suman la angustia y el confinamiento que nos trajo la pandemia. Quizás otro sería el resultado.
A menos de un año de las elecciones presidenciales, también vemos al Gobierno desdibujado preparándose para fortalecer la feria del pavor y sólo miedos, tras el anuncio de incrementar el presupuesto del sector “defensa” en 4,3 billones en manos de una fuerza pública cada vez más politizada. Mejor dicho, ¡qué miedo!
