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Los tejemanejes de los Char

Alfredo Molano Jimeno

20 de julio de 2020 - 12:01 a. m.

El Congreso ya debe elegir presidente por los próximos 12 meses. Los candidatos son muestra de la polaridad que nos rige y el maligno astro que nos signa. Se elegirá entre uno de los mejores senadores y uno de los peores, y lleva tanta ventaja electorera el representante de las maquinarias, que estamos ante una pelea de toche con guayaba madura.

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De un lado está Iván Marulanda, político decente, senador por la Alianza Verde, nacido en el nuevo liberalismo, partido que se fundó con el propósito de enfrentar a los caciques regionales que desde entonces dominan el juego electoral con maquinarias corruptas, especialmente en la costa. Un hombre valiente que dice las cosas como son, aunque le cueste críticas de propios y ajenos.

Del otro lado están el clientelismo y el cacicazgo. Arturo Char, el niño deslucido de una casa política acostumbrada a comprar todo. Emporio fundado a finales de los años 60, cuando el comerciante sirio-libanés Ricardo Char abrió su primera tienda, que heredó su hijo. El negocio prosperó tanto como la ambición de Fuad. La tienda se hizo también droguería y luego se convirtió en supermercado. Después compró el equipo de fútbol de la ciudad y una emisora popular que le aseguró el contacto con los pobres de Barranquilla.

Por ese camino, y de la mano de uno de los barones electorales de Barranquilla, José Name Terán, Fuad llegó a la política. La llave Name-Char se hizo tan fuerte que el presidente Belisario Betancur echó mano de su poder y nombró a Fuad gobernador del Atlántico, en 1984. Por esos días, el patriarca reveló su secreto: “Manejo la Gobernación como una tienda, con todos los controles”. Y sí que maneja los controles de la política. De allí pasó a ser ministro de Desarrollo Económico, senador en 1991 hasta que se aburrió, tras 20 años de ocupar un escaño con una mano y atender la tienda con la otra. Se fue de embajador y luego encontró refugio como dirigente deportivo, donde también se hace política, pero con menos riesgos, y les dejó a los niños la escarapela parlamentaria para que se entretuvieran.

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En el Congreso puso a su sobrino David Char, hasta que la parapolítica lo sacó del Capitolio, entonces mandó a calentar a sus hijos. A Alejandro, a quien tiene para “grandes cosas” porque al menos sabe hablar, lo puso en la Gobernación y luego en la Alcaldía de Barranquilla; y a Arturo, que dirigía el Junior, lo sacó de una parranda vallenata donde soñaba con ser cantante, y hoy lo tiene listo para cumplir el sueño frustrado de presidir el Congreso, deuda que acredita el cacique desde el 2002.

Arturo, quien a pesar de no haber presentado un solo proyecto de ley en cuatro años, de ser ejemplo de ausentismo con 149 excusas médicas y de tomar el micrófono sólo para cantar, está a horas de cumplir el añejo anhelo de su viejo padre. Eso sí, presenta el juramento y sale corriendo a la Corte Suprema de Justicia para declarar en el caso de Aida Merlano —condenada por montar un sofisticado sistema de fraude electoral con el que carnetizó la corrupción—, en el que está metido hasta el cuello. Y aunque se hagan los desentendidos, los Char tenían inversiones en esa empresa, le pusieron fórmula a la Cámara, y en Barranquilla, donde todo se sabe, la cercanía de Aida con Alejandro y Arturo es conocida.

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Ella misma confesó que se fugó de prisión con ayuda de Julio Gerlein —su benefactor— y los Char, quienes no sólo apoyaron su campaña, sino que serían los peor librados si Merlano habla con soltura. Pues quedaría en evidencia que ella sólo fue una ficha en el ajedrez de la principal casa política de la Costa que, además de vender “comida y alegría”, tiene alcaldes, gobernadores, partido propio —del que ya casi sacan a Germán Vargas Lleras—, una bancada interpartidista de al menos diez senadores y una compra-venta de votos que cambia becas y empleos por certificados electorales.

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