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24 May 2022 - 5:30 a. m.

Tumaco no tendrá donde depositar su memoria

Tumaco es nuestro segundo puerto sobre el Pacífico. Con poco más de 250.000 habitantes y unos índices de violencia tan alarmantes como desoídos por el Estado. Desde hace una década la ciudad está a merced de las bandolas. Dominan el puerto, hacen las veces de autoridad, son los principales empleadores y rigen, con pulso de hierro, la vida de sus habitantes. Firmado el Acuerdo de Paz, el Gobierno Santos catalogó a Tumaco como la capital del posconflicto y mandó 12.000 efectivos de la fuerza pública. La priorizó, como dicen los empleados oficiales, como receptora de proyectos sociales. Pero nada de esto ha servido para controlar una guerra intraurbana que pone a Tumaco entre las 10 ciudades con más muertes violentas del país, la segunda con mayor concentración de cultivos ilícitos y, lo peor: una de las pocas iniciativas que les ponen el pecho a las balas está a punto de morir.

Se trata de la Casa de Memoria de la Costa Pacífica Nariñense, un pequeño y valeroso museo fundado en 2013 que ha sido el catalizador de tantos dolores que deambulan como fantasmas por el puerto y ha sido la tabla de salvación de cientos de jóvenes. Al entrar, uno se encuentra con mil rostros, consignados en fotos de carné, de víctimas de la violencia: desaparecidos, asesinados, reclutados. Sus madres las han llevado para hacer justicia a sus historias, no a las que reseñaron sus muertes, sino las que resuenan en la memoria de sus allegados. En otra de sus salas se rinde homenaje a quienes han dado la vida por la paz, la verdad y la justicia; entre otros, Yolanda Cerón, la madre de los territorios colectivos, asesinada hace 21 años en este puerto. En el último tramo, al abrir un marco que cuelga de una pared, un espejo lo pone ante su propio rostro y dice: “Usted está viendo a la persona más importante para la paz”.

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